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EL CLUB DE LES VANLENTES - 10/06/2020


Cales Piques, Menorca, año de gracia… … ¿1999?.. ¡Qué más da!..  Fue un verano distinto a los otros, en el que nos juntamos cuatro mujeres ociosas y libres en aquella casa del acantilado. Yo estaba potente, o sea llenita, y como soy  la más alta dondequiera que voy, es fácil localizarme en esta recreación fotográfica. Les presento a las otras tres. La delgadita de la izquierda, la que está en los huesos, es Piluca, la más pija con diferencia. En el suelo Felisa, que hace ver que descansa, pero que aún no sabe que una silla es para sentarse. Y a mi lado la introspectiva  Marta, que solía llenar los silencios con sabias reflexiones, pero que tenía poco la palabra… 

La casa era de Marta y de Arturo, el único hombre que nos acompañaba porque el de Piluca estaba trabajando en Barcelona y Felisa y yo no teníamos pareja. Arturo, en franca desventaja, optó por recluirse en sus cosas y, cuando no quedaba otra, pasear resignado a sus cuatro miss Daisy por la isla.

Hablábamos indistintamente catalán o castellano, pero siempre por los codos, por lo que, incluso bilingües, era difícil concretar algo. Y llegado el mediodía, incapaces de tomar un rumbo, dejábamos fluir la vida allá donde nos llevaba Arturo, que siempre escogía playas remotas para seguir aislado bajo el agua con su traje de neopreno. 

El parloteo incesante nos acostumbró a salir cada día más tarde. A veces, la poca determinación, nos llevaba a la genial idea de desayunarnos unas gambas al ajillo. ¡Total, ya eran las doce!.. Otras, reformadas, nos levantábamos temprano para ir al puerto de Ciudadela a zamparnos un bocadillo de mandonguilles en el Tritón, con los pescadores. Pero después del Tritón se abrían las tiendas y… 

―¡Así no hay quien haga planes! ―se quejó Arturo que cargaba la barca en la furgoneta con escasa ayuda por nuestra parte. 

Tenía razón, ya eran las dos de la tarde. Eso significaba volver de la playa a las seis, comer a las ocho y en la sobremesa dejarnos sorprender por la noche, enzarzadas en discusiones existenciales donde perdíamos por completo la noción del tiempo. 

Íbamos por fin camino de la Pregonda. Arturo se lamentaba de que el tramo a pie hasta la playa nos tocaría hacerlo bajo el sol más implacable.

―¡Estas no son horas de salir! ―refunfuñó aún tras el volante―. Llegaremos a la playa más tarde de las tres. ¡No estaré ni dos horas bajo el agua!..

―Pues hoy toma el sol ―replicó Piluca lánguida. Sentada en el asiento del copiloto no prestaba atención a la ruta porque solo sabía rebuscar en su bolsito naranja―. Deberías broncearte un poco, Arturo, que vuelves a Barcelona más blanco que los guiris ―añadió sin mirarle―. Además, hoy no hace falta que bajes la Tocapenoles, que a la islita de la bahía llegamos a nado.

―¡Encima que la he cargado!.. ―replicó él de inmediato.

La Tocapenoles era una embarcación neumática con motor fueraborda de cinco metros de eslora y cuarenta kilos de peso mal repartido que Arturo cargada y descargaba solito cada vez que salíamos. Con ella descubríamos islotes con piscinas naturales y cuevas subacuáticas, pero hoy no convenía el desmontaje y Piluca señaló con astucia:

―Así ya la tienes cargada para mañana.¿Ves qué bien?

―Sois... Sois... ―el cúmulo de quejas hacía tapón en la boca de Arturo.
―¿Qué somos? ―pregunté tirándole de la lengua. 
―Sois unas… unas… ¡indecisas!.. 
―Indecisas, no ―objeté―. Es solo que nos cuesta ponernos en marcha… 
―Pues eso, que sois… ¡que vais len-tas! ―dijo enfatizando las sílabas.

Felisa, que estaba empezando a perder el oído, captó las últimas palabras.

Que som valentes, dius? Oh, noi, ja ho crec que ho som! Ens portes sempre a llocs bonics, però perillosos…

Piluca y Marta estallaron en risas que se retroalimentaban con cada comentario que se hacían la una a la otra.

Ha dit “vais lentas”, Felisa ―aclaré riendo contagiada por las otras dos.

Siguió una disertación a cuatro voces sobre lo que éramos, calificativos que nos ensalzaban a cuál más y mejor, y fuimos conscientes de que éramos un todo, de que los estímulos iban y venían entre nosotras sin pedir permiso y se multiplicaban. Poco a poco, la queja de Arturo quedó reducida en su asiento y su disgusto se esfumó como el humo se desvanece en el aire.

El resto del día, entre baños de mar y sol, estuvimos barajando nombres para “el club”. De todos los epítetos nos quedamos con el de Felisa, al que le añadimos una ene en honor a Arturo y Vanlentes fue la denominación oficial.

Al día siguiente prosperó la idea de una canción de marcha, para entonar camino de las playas, como los scouts. Eso fue demasiado estímulo para mí, que me puse a la labor y no paré hasta dar con la melodía y la letra. La cosa quedó así:

(Música de Quizás, quizás, quizás)

Trempades i contentes
Així, son les Vanlentes
Al sol, o a las palpentes
Plis plas, plis plas, plis plas.
La rialla ben maca
I el seny, a la butxaca
Les quatre cap a Itaca
Plis plas, plis plas, plis plas.
Ens aturem a l’ombra
Ben lluny de l’escombra
I fem parada i fonda
A Pregonda, a Pregonda.
I així passen els dies
I jo, desesperant-me
I tu, tu contestant-me
Plis plas, plis plas, plis plas (bis)

Por si fuera poco, decidimos que también tendríamos escudo. ¿Qué podía representarnos? ¿Cuál sería nuestro emblema? Yo garabateaba blasones sin ton ni son, sin inspiración o referencia alguna, cuando llegó Piluca y dejó su eterno bolso naranja sobre la mesa del comedor. 

―¿Qué llevas en ese bolsito tan pijo? ―dijo Marta que pelaba patatas para acompañar el pulpo de la comida-cena-desayuno o lo que viniera a cuento. 

No le dio tiempo a contestar porque las otras tres empezamos a enumerar las virguerías que debía llevar en tan poco espacio, y en esas estábamos cuando Felisa dijo:

No sé el que portarà, però va amb ell a tot arreu. És com un símbol…
Símbol de "simplicité" ―dije yo.
De "simplicité" i "mariconeté" ―rió Marta.
―"Mariconeté Jo-De-Te" ―respondí.

Y ya estaba armada otra vez. Mi mano no esperó y comenzó a dibujar el bolsito naranja en medio de las risas y los aspavientos y el escudo quedó terminado  aquella misma mañana, con lema incluido. Arturo, que se había hecho más asiduo desde que teníamos club, nos provocó: 

―No sois un club si no tenéis estatutos.

¿Lo dijo con intención? De eso no sabíamos ninguna de las cuatro. Y así fue como Arturo quedó involucrado y comenzó a dictarme el reglamento (de nuevo era yo la encargada), que escribí en una Lexicon vieja y olvidada pero con una cinta de recambio que funcionó. Y nacieron los estatutos.

Como colofón, nos hicimos una instantánea sin máquina de fotos. Eso me llevó otro día de trabajo, uno full time y nublado que nos retuvo en casa sin salir. Entonces nos fotografié para la posteridad con lápices de colores. 

Quedaban por hacer las copias de estatutos e himno para todas nosotras. ¡Adivinen!.. Sí, se ofreció voluntario. Cogió la furgoneta sin decirnos nada y volvió de Ciudadela con copia de todos los documentos del club, ¡incluida la suya propia!.. 

El acantilado de Cales Piques entraba a raudales por las ventanas y nos hacía guiños de complacencia sobre la superficie de un mar en calma. Era el verano de 1999, ahora lo recuerdo bien.

SIETE VESTIDOS - 28/05/2020




Mi madre se complacía cosiendo, debió ser así, porque con nueve hijos y sin ayuda no había tiempo para hobbies, y ella solo se sentaba para coser. 

Lo hacía para las chicas, ya se sabe, en la costura la creatividad da mucho más de sí en los atuendos femeninos. Y aunque a mis hermanas uno y tres algo les caería, la verdadera agraciada fui yo, la número ocho, cuando a mi madre ya le habían crecido los pequeños y andaba más desahogada. Todos los demás eran chicos que pasaban sus trajes de unos a otros conforme iban creciendo. Tremenda consecuencia para el más pequeño que heredaba siempre la ropa del anterior y a veces la misma durante años porque les habían comprado a dos o tres el mismo modelo en unas rebajas... 

Con las chicas era distinto. Teníamos la suerte de ser tres novenos del cupo descendiente y las féminas, ya se sabe, han de vestir siempre algo distinto de las demás y distinto de ayer.

Una tarde cualquiera de mi madurez, de vuelta de mi fracasado matrimonio y de muchas otras cosas que te depara la vida, estuve recordándolos uno a uno y los dibujé para la posteridad, no se me fueran a olvidar otra vez. Al hacerlo, vi que cada uno me contaba una historia pequeñita.

Vestido rosa de percal, manga corta japonesa, falda de vuelo y cinturón azul cobalto de tablillas, lazado atrás.-

El motivo fue la boda de mi hermano número dos. Era la primera boda y debíamos vestir de fiesta. Mi madre rebuscó en los armarios y fue eligiendo vestuario para los ocho que no eran el novio, pero para la niña no había nada de nada. Y se puso manos a la obra. Sufrimos las pruebas las dos, mi madre intentando que me estuviera quieta y yo, que con nueve años solo deseaba salir corriendo para volver donde había dejado interrumpidos mis juegos.

El resultado fue una niña larguirucha vestida de rosa y azul que miraba curiosa todo cuanto acontecía alrededor de los novios.

A la salida de la iglesia, mi hermano nueve y yo fuimos los que más arroz tiramos a la pareja de recién casados.

En la boda perdí el cinturón. Me lo quité porque me molestaba para correr y saltar por ahí, cosa que hice en cuanto pude escamotearme.

Vestido de gabardina amarillo yema con cuello camisero, doble botonadura y falda de tablas. Botones, cuello y cinto en marrón moca.-

Esta maravilla fue confeccionada con muchos suspiros entre costuras ―consecuencia de unos patrones complicados―, y por insistencia de mis hermanas mayores que convinieron que el modelo era el más elegante de la revista y la combinación de los colores yema y chocolate el colmo del buen gusto.

Lo llevé poco. Sería de cuando pegué el estirón y tanto trabajo quedó rebasado por el crecimiento súbito de la modelo. Además, mis once o doce años encorsetados en aquella tela tan rígida, no se acostumbraron nunca a su tacto, ni al dicho de que “para presumir hay que sufrir”, y lo recuerdo sobre todo como el vestido más largo en la tortura de pruebas. Aun así, en mis oídos resuenan todavía las alabanzas que el vestido arrancaba colgado en el armario, pues se convirtió en pieza de museo.

Pichi en tweed de cuadros azul oscuro y verde, escote ribeteado con cinturilla azul oscuro con acabado en borlas del mismo color. Chaqueta a juego, cuello Mao ribeteado azul oscuro, así como el reborde y los puños.-

El pichi, pieza indispensable en toda chica moderna, fue un verdadero regalo para una presumida como yo. 

Al pichi lo acompañaba siempre una blusa de chifón blanco con mangas abombadas terminadas en puños cerrados con botones de nácar, puños que yo acostumbraba a llevar rozados porque no me la sacaba de encima. 

Me sentía muy mimada con aquella ropa. Si todos los vestidos de mi madre me quedaban perfectos por estar hechos a medida, este en particular me quedaba como un guante y resaltaba un bustito incipiente que aspiraba a más. Así que el pichi y yo nos lucimos conscientes de nuestro atractivo. 

Lo llevé mucho, mucho, mucho. Y resistió bien el tiempo. Siempre estaba igual. Era la indumentaria que me ponía para ir al colegio de niñas bien donde tuve la desgracia de padecer un bullying que me torturó durante seis años, pero eso es otra historia. Como ya había crecido en lo alto todo lo que daban de sí mis genes, ahora me desarrollaba a lo ancho y, como en el pi-chi el pe-cho queda fuera, nos acomodamos el uno a la otra, él a mi desarrollo y yo a una apariencia que pasó de niña a mujer. 

Fue, por tanto, la pieza que más llevé y de la que recuerdo más anécdotas. Como la vez que se encaprichó del modelo la madre de una amiga y creó una imitación deplorable que le costó una depresión a madre e hija. O como cuando fui a casa de una amiga a estudiar y de tanto juguetear con las borlas perdí una sin darme cuenta y mi pichi quedó mutilado por siempre jamás porque mi madre me aseguró no tener tiempo de buscar otra borla en el mismo color de lana. O como aquella vez que lo llevé al puto colegio (perdón… además ya he dicho que eso es otra historia) y la pija de turno me ridiculizó preguntándome si llevaba el uniforme de Betania... (que es otra escuela de alto copete con un uniforme muy bonito, pero uniforme al fin).  

El pichi será siempre el pichi, un modelo único que fue muy preciado por mí, su dueña y señora.

Camiseta de punto marrón tabaco con estampado de grandes flores blancas, manga corta y escote corpiño ajustado al busto con cordoncillo marrón. Minifalda plisada blanca de tergal para completar el conjunto.- 

Este conjunto me lleva a mis primeros empleos como taquimecanógrafa. El sistema Dalmau me permitía coger al vuelo todo lo que mis jefes de Nestlé me dictaban. ¡Qué cosas, la taquigrafía! No prosperó… Se armaron un lío con tantos métodos, creo yo. El mío tenía la misma particularidad que todos, que se te olvidaba con el desuso y hoy solo me acuerdo del ganchito de la terminación “mente” que yo luego no siempre podía entender porque no tenía buen pulso en los finales de palabra… 

Nestlé fue mi primer empleo. Un empleo serio, pésimamente pagado, pero en una multinacional, donde tuve que hacer dos horas de pruebas psicotécnicas para entrar. Y entré. De mis quince a mis dieciocho estuve en el Departamento de Compras trabajando y jugando (¡qué quieres a esa edad!..). Había que fichar a la entrada y daban un premio a la puntualidad para estimularla. Yo me salvaba por los pelos porque llegaba siempre en el último segundo.

Mis primeros admiradores nacieron entre aquellas paredes. Los jovencitos que intentaban quedar conmigo a la salida y los señores que me miraban el escote a escondidas… Solo fueron “tastets”… Me sentía muy atractiva con aquel conjunto de camiseta larga estampada y falda corta que ellos me alababan tanto, incluso me gustó aquel día en que, llena de ímpetu juvenil, salí disparada de mi mesa y tropecé con el cajón de abajo abierto, el de los archivadores, y caí cuan larga era, con las piernas de mala manera aún sobre el cajón, como un potrillo herido, pero con mi faldita en su sitio… 

Una mañana, uno de mis jefes me dijo que en la sala de visitas estaba Santi de Los Mustang, aquel guaperas del grupo musical que pegaba fuerte. Me dijo si quería ir a decirle que hoy no le podría recibir y así, de paso, tendría ocasión de darle la mano al ídolo de la juventud. Pero mi menda no tiene ni tenía ídolos, así que fui a la sala de visitas a decirle lo mandado. No sé qué negocios podía tener el de Los Mustang con la Nestlé pero como yo tenía la estupidez y altanería propias de la juventud, le di el recado sin siquiera estrecharle la mano, no se fuera a pensar que yo era una de esas fanes tontas que se ponen a gritar al ver a su héroe. Se fue muy ofendido. El jefe no quiso verlo y yo no quise pedirle un autógrafo…

Vestido de piqué blanco estampado con flores rojas y escote con corte corazón.-

Otra boda. Del hermano cuatro y en pleno agosto. No tuve que comprarlo para la ceremonia porque mi madre me había hecho hacía poco esta festiva creación porque sí. Fue muy elogiado, pues resaltaba mucho sobre la piel morena, y yo cada verano me ponía como la carbonilla.

También este duró mucho. Me vienen a la memoria aquellas primeras salidas con mis novietes de prueba. Una vez salí con un tal “Esteban” que conocí en un programa de radio. Entonces se ligaba en los programas de radio y yo no iba a ser menos. Le escribí, me contestó y nos conocimos. Solo que cuando me contestó firmó “Antonio”. Yo no entendía nada, pero mi hermano número seis, el pillo, se mondaba. Empieza bien la relación, dijo entre risas, con identidad suplantada... Yo, que era igual de ingenua que ahora, fui a la cita. Era alto, como había dicho, un poco llenito, ya me iba bien, y denotaba seguridad en sí mismo. No vino solo, vinieron tres. Y fui acompañada de tres chicos que lucí desde la Calle Pelayo hasta el final de Las Ramblas, casi en silencio, porque no teníamos mucho tema de conversación. Al final mi Esteban-Antonio (que me aseguró que se había equivocado al firmar y yo todavía fui tan cándida de sopesar la veracidad de sus palabras), me hizo la pregunta clave: ¿Quieres ir al cine o a bailar? Al cine, dije pensando que tenía menos peligro. Pero luego en la sala, una vez a oscuras, padecí, aunque Esteban-Antonio debió sentirse indulgente porque no me metió mano. 

Pues todo eso con mi vestido de flores rojas sobre fondo blanco nieve.

Vestido charlestón de talle bajo, faldita plisada y escote cuadrado. Estampado muy fashion con círculos concéntricos gris merengo sobre un fondo amarillo limón.- 

Fue mi preferido. Siento no poder decir de qué tela estaba creado, ya no me acuerdo, pero no se arrugaba. Podía ser tergal, o poliéster, o fibra…

Este vestido seguro que me traerá muchos más recuerdos, pero el primero que me viene a la memoria es el del baile que me pegué con él sobre una mesa de billar. Sí, bailé sobre el tapete verde junto a mis amigas del alma, al ritmo de Spirits In The Sky. Los chicos que nos rondaban, abajo, sorprendidos por el espectáculo. Nos marcamos un paso de baile sincronizado que improvisamos allí mismo, en el que levantábamos una pierna, tipo cancán, ¡Ay, Dios!.. ¡Y yo que me río de las tonterías que le veo hacer ahora a los jóvenes!.. ¡Si yo hacía lo mismo!.. Sí, nos subimos al billar que había en el desván de la casa del más adinerado, así, de pronto. No habíamos bebido, no íbamos colocadas. Simplemente fue oír Spirits In The Sky y una de las tres dijo de subir. Y las tres locas subimos y montamos el número.  Sé aún cómo me sentí: triunfadora, dueña de la situación y con la sartén por el mango, y los chicos embobados abajo sin poder dominarnos. No recuerdo cómo bajamos…

Vestido ajustado de punto con rayas horizontales desiguales en diversos colores y con escote barco.-

Mi segundo preferido. Me encantaban los colores y que se me ajustara tanto al cuerpo. Tuve éxito con él. El primero en una fiesta a la que me llevó mi hermano número seis, el pillo. ¿Quieres venirte a bailar?, preguntó. Entonces ir a bailar consistía en ir a fiestas particulares a media tarde, montadas en garajes subrepticios con cuatro bombillas cubiertas de celofán rojo, un tocadiscos, unas bebidas en un cubo con hielo y los discos que traíamos todos. ¡Qué precariedad más excitante! Mi madre lo consintió porque iba acompañada de mi hermano y yo me sentí ufana de que me llevara como pareja... de intercambio, claro. Pero nada más llegar, mi hidalgo escudero desapareció, primero con una rubia y luego fue una morena, ¡el muy tuno!, y yo me quedé sin escolta... No disfruté mucho del vestidito de rayas con escote barca... pendiente solo de frenar los impulsos del chaval que se apropió de mí durante toda la fiesta... 

Cuando volvíamos a casa me confié a mi hermano seis y le conté con pelos y señales el acoso que había padecido. Él, que no era por nada el más pillo y sexual de todos nosotros, dejó escapar una risita furtiva y me contó, también con detalle, todos los intentos que había hecho él mismo probando chicas… Vaya, que descubrí el mundo.

Siete fueron los vestidos, siete. Como los días de la semana, como las vidas del gato. Y Siete ha sido siempre mi número de la suerte.  




ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE - 22/05/2010



Febrero 2002.- Desde la fusión con el Banco los trabajadores del área administrativa desfilaban con una periodicidad alarmante. Todos los viernes despedían a alguien en nuestra Aseguradora, y todo ocurría en el más absoluto secreto. Entonces no sabíamos que en un despacho no identificado al final de nuestra misma planta se decidía quien se quedaba y quien no, pues con la maldita fusión se habían duplicado doscientos lugares de trabajo. Yo apenas tenía tiempo de preocuparme, llevaba dos años viajando sin parar. Madrid, Sevilla, Santander, Murcia… Vivía en los aeropuertos y me había quedado sin amigos, porque cuando no estás, no cuentas. Me sostenía solo mi trabajo. Aquel empleo me había sido ofrecido gracias a mi regularidad en las ventas y, tras una intensa formación en oratoria y en técnicas de seguros, ahora me complacía en formar a futuros vendedores en toda España para que, igual que yo, hicieran de las ventas su medio de vida. Pero cada viernes, cuando volvía a la oficina con la lista de candidatos formados para el equipo comercial, veía con desazón que otro nombre engrosaba la de despidos del personal administrativo, personas que, nada más llegar a la oficina, recibían una llamada de Personal en cuyo despacho se les comunicaba el cese y ya no volvían porque salían ipso facto del edificio y literalmente por la puerta de atrás. 
El viernes que me tocó a mí fue tan inesperado como cándida mi ingenuidad. La comunicación fue tajante y demoledora, pero aún lo fue más el comprender que me despedían justo ahora porque ya había formado en ventas y productos a todos los empleados del Banco y podían seguir sin mí. De fuera vendrán y de tu casa te sacarán. Salí como todos, por la puerta trasera, como un vulgar delincuente. No sé si lloré por ese deshonor o porque me encontré con cincuenta y un años, sin empleo y sin amigos. En aquel momento ni me acordé de que, además, había iniciado la compra de mi primer piso de propiedad con una hipoteca que me iba a ser concedida por el banco asegurador que acababa de echarme a la calle.
Entonces recordé el día en que atravesé Francia y llegué a Barcelona como ahora, con una mano delante y otra detrás…

Octubre 1988.- Había hecho muchas veces aquel viaje, sí, pero nunca sola. Eran 1.500 kilómetros hasta Barcelona a través de cuatro países, tres aduanas y tres idiomas sin contar el flamenco. En otras circunstancias no me hubiera atrevido, pero una fuerza desconocida me empujaba hacia adelante. 
Antes de partir hice un curso subvencionado de Pech onderweg (1) y dejé la puesta a punto del viejo Axel a cargo de un amigo mecánico, ambas cosas al alcance de mis recursos. Y hacia las ocho de la mañana de un viernes salí de Utrecht con la seguridad de quien sabe cambiar una rueda, detectar si una avería es eléctrica o mecánica y con la certeza de saber ajustar los puntos de contacto si no arrancaba el motor. Solo me preocupaba perderme en París si en el Bulevar Periférico no escogía a tiempo los desvíos correctos para seguir en la autopista ―letreros indescifrables para los foráneos―, pero me sostenía la firme creencia de que en mí tenía todos los recursos. 
Hacia las nueve estaba a las puertas de Lyon. Tomé el desvío para hacer noche en un motel de carretera y nada más bajar del coche un camionero se dirigió a mí en francés. Decía que no me funcionaba uno de los pilotos del freno y se ofreció para cambiarlo. Un sexto sentido me hizo darle las gracias y contestarle que lo cambiaría yo misma. Hice bien, porque su segunda tentativa fue cenar juntos y alojarnos en el motel. Solo cuando vi que se había marchado me dirigí a la recepción para hacer la entrada. Aparqué frente a la puerta de la habitación y al bajar comprobé con un espejo que las luces de freno funcionaban. Sonreí, sobre todo por haber burlado a la suerte…
En la habitación encendí las lámparas justas. Era una noche en la que me sentía en equilibrio sobre la cuerda floja de la vida. Había dejado atrás el desamor y mis pulmones respiraban independencia. Descorché una botella de champagne y me lo bebí en la bañera, inmersa en la espuma que me besaba la piel centímetro a centímetro. Entonces me alegré de tenerme a mí misma.

Junio 2009.- Tenerte a ti misma significa navegar, pero nunca a la deriva. Aunque los temporales son impredecibles, el timón y los cambios de rumbo ya son cosa tuya. Aquel año, con viento a favor, pude plantearme el estudio de una carrera en la UOC, a distancia, para poder combinarlo con mi trabajo. Había escogido Humanidades porque ofrecía una variedad temática suculenta: Filosofía, Literatura, Historia del Arte, Antropología… Un abanico muy amplio con un estudio de las materias en profundidad para un conocimiento cultural refinado. 
Aquel semestre escogí dos nuevas asignaturas: Civilizaciones griegas y Geografía Humana. Los griegos me dieron mucho que hacer porque sabía poco de ellos, pero me cautivaron. Y la Geografía Humana fue un grato descubrimiento: estructura de la población mundial, migraciones, zonas desérticas o superpobladas, cambios en la estructura rural, jerarquía de ciudades, globalización… Es difícil definirla. Llegué al examen final con tanta información procesada que me faltaron hojas y tiempo para decir todo lo que sabía. 
Cuando esperaba ansiosa las notas me llegó un mail de la profesora anunciándome que me había propuesto para la matrícula de honor de entre los doscientos alumnos que cursaban la asignatura y que en breve me comunicarían la decisión. ¿Cómo? No tardó en llegar. O sí, ya no lo recuerdo. ¿Fue al día siguiente? No lo sé. Sólo sé que leí casi sin leer: Ha sido propuesta para matrícula de honor por… Y este tribunal ha concedido a… Vi mi nombre, mi nombre junto una matrícula resplandeciente que me llegaba a mis cincuenta y ocho, después de toda una vida sin posibilidad de cultivarme, y reí, y salté de la silla y canté lo que sonó espontáneamente en mis oídos: We are the champions, we are the champions, my friend… ¡Menudo subidón!
Cuando me calmé le pregunté a la profesora por qué me había propuesto a mí y me dijo, notablemente satisfecha, que porque pocas veces un alumno había comprendido tan bien la asignatura. En aquel momento, que alguien hubiera reconocido mi mérito me transportó a una nube dócil y esponjosa, sin rastro de tormentas y donde nada ni nadie podía hacerme desfallecer.

(1) Pech onderweg = Pana en la carretera.





ESTÍMULOS VITALES - 03/05/2020





En medio de mi desánimo más profundo llamé a mi hermano el químico, pero fue ella quien se puso al teléfono y le conté los estragos de mi abatimiento. Me había sumido en una real depresión después de mi divorcio y mi cuñada me consoló como solo ella sabía hacerlo: escuchando. Luego dijo:

― Chata… ¿quieres volver?

Me quedé muda. Ella lo supo antes que yo. Quería volver. A mis raíces y a mi pasado. Y en una semana dejé atrás Holanda y catorce años de mi vida para comenzar de nuevo en Barcelona.
La Barcelona de entonces pasaba por una crisis económica y yo llegué con lo puesto, así que tuve que subsistir desde la mismísima base de la pirámide de Maslow. Pero estaba motivada. Florecí. Y el amor apareció de nuevo, en tres ocasiones más. Fueron tres historias que, junto a la de mi ex marido ya sumaban cuatro. Historias bonitas, pero ninguna la definitiva. Tras la cuarta relación fracasada me planté frente a mi hermano y le dije:

―¿Qué es lo que hago mal?

Me respondió como supuse, callando. Sólo sus ojos hablaron para decirme de nuevo que tu mejor consejero eres tú mismo. Y reflexioné. Me percaté de que yo no elegía nunca a mis parejas sino que dejaba que ellos me eligieran a mí. Eso no es garantía de nada. No es construir a partir de lo que tú quieres.

Su opinión era crucial para mí. Acudía siempre a él con mis conflictos porque tenía una simple pero eficaz filosofía de vida. Decía que en la vida todo se reduce a la satisfacción de hacer lo que tienes que hacer. Tuve que admitir que, eso, al menos, la simplificaba.

Un poco más allá en el tiempo, cuando era feliz conmigo misma, llegó el cáncer. Perdí el oremus otra vez, pero tuve suerte y lo superé. Y renacida me puse a estudiar una carrera. ¡A mis cincuenta y ocho!.. Pero a los dos años llegó el linfático, que fue mucho peor. ¿Por qué yo otra vez? ¿Por qué justo ahora que llevaba las riendas de mi vida? Esta vez nada ni nadie podía significar algo para mí. O eso creía. Recuerdo que me dijeron:

―Tiene usted un cáncer crónico que no se cura y solo se trata con quimioterapia.

¿Quién puede tener esperanzas tras esa sentencia? Pero me entregué al tratamiento y lo soporté todo, aunque sin saber por qué ni para quién. Entonces apareció otra persona que había permanecido en la retaguardia de mi existencia. Mi amiga de la infancia, la que duró a través del tiempo y las fronteras.
Me dijo:

―Tú puedes, tienes tesón y eres una luchadora nata. Siempre pensé que eras la más frágil pero la más resistente, la que lo superaba todo mientras las demás íbamos cayendo.

Y superé aquel bache y florecí de nuevo.

DE LAS GACHAS A LOS POFFERTJES - 23/04/2020



Comíamos lo que había, el presupuesto no daba para muchos caprichos con doce personas en casa. Sí, doce: padre, madre, nueve hijos y la abuela, en una casa minúscula con tres habitaciones y una cocina-comedor en la que abundaban las gachas y la sopa de pan, que sabían a pobre y a amparo maternal repartido entre seis chicos y tres chicas. Yo era la número ocho.

A la mesa nos sentábamos por turnos. Había que acudir al primer aviso y comer seguidito, que había cola, y si no te gustaba el plato ya te podías ir. Pero eso sí, en la cena mi madre te volvía a poner el mismo manjar, tal y como lo habías dejado… ¡Menuda era mi madre! No le gustaba cocinar. No es de extrañar. Criar a nueve hijos deja poco tiempo para hacer de la cocina un quehacer creativo. Los lunes la colada, los martes la compra, los miércoles remendar, y así cada día lo tenía adjudicado a una sola tarea que, por volumen, le ocupaba todo el día.

Aun así, había algún plato que le salía realmente bien. Los calamares rellenos y el fricandó de ternera, por ejemplo. El fricandó fue un clásico porque no llevaba mucho tiempo prepararlo. El guiso quedaba en los fogones haciendo “chup-chup” y a otra cosa mariposa. Pero los calamares rellenos eran más caros de ver por lo laborioso del picadillo. Igual pasaba con las croquetas. ¡Las croquetas! ¡Casi me olvido! Otro plato estrella de mamá. Este tenía la ventaja de que podía prepararse en dos fases: la pasta, un día antes, y rebozar y freír el día de consumo. Pero ¡ay! Esa bandeja regordeta de pasta de croquetas que se enfriaba en un rincón peligraba desde que salía de la sartén. Atraídos por el olor, íbamos pasando a pegarle un pellizco cuando mi madre no estaba. Le hincabas un dedo a la pasta y te llevabas un trozo a la boca. Porque la pasta estaba tan buena o más que el producto final. Luego, con cuidado, remodelabas el conjunto para que no se notara. Pero se notaba, ¡claro que se notaba! Eran nueve pellizcos en total. La masa se encogía y la bandeja se ensanchaba… ¿De qué demonios las hacía? Ah, sí, de jamón y bacalao. ¡Una mezcla gloriosa!

Pero el plato triunfador en mi familia numerosa eran las patatas fritas. Sin lugar a dudas. Era el primer plato en la mesa de los sábados, símbolo de dicha universal. Nos estimulaban la imaginación, y después de robarnos el máximo de patatas posibles los unos a los otros, salíamos disparados al terrado donde un sol todopoderoso nos bañaba las ideas. Por aquel entonces mis hermanos mayores ya despuntaban cada uno en su especialidad. Estaba el químico, que hacía aleaciones inverosímiles. De vez en cuando se oía una explosión seguida de un grito de mi madre que venía zapatilla en ristre, dispuesta a castigar al culpable. El químico pasaba hambre, decía. Soñaba con los bistecs del Carpanta del TBO, imposibles de ver en nuestra mesa. ¡En esta casa no hemos pasado nunca hambre!, replicaba ofendida mi madre, pero acababa comprándole uno, solo para él, porque crecía más que los demás. Los bocadillos se los hacía de barra de cuarto, y cuando lo tenía listo se lo acercaba al estómago y decía convencido: ¡Cabe!

Le seguía el hermano atleta, que había colgado unas anillas en el techo del lavadero e intentaba el famoso Cristo de Blume. Él fue quien importó los bocadillos de sobresada caliente. Se los hacía cuando volvía de entrenar y poco después, el aroma nos había juntado a todos en la cocina con la misma idea…

Un tercer hermano que rondaba siempre en la cocina era el empollón, un sibarita gastronómico que se hacía huevos al plato con ingredientes impensables para encumbrar el platillo tradicional, pero de su invento, no regalaba ni las migas. “Si quieres comer te lo preparas tú”, y volvía a sus libros. Los demás revoloteábamos por allí, entre las fritas, los huevos al plato y los bocadillos de sobrasada caliente, y dejábamos volar la imaginación hacia otros terrenos creativos: desde hacer sputniks con cerillas y papel de plata hasta montar verbenas con guirnaldas de papel de barba, entre las que colgábamos a personajes recortados del TBO. Desde entonces, la coca de San Juan tiene sabor a verbena, siempre, y el champagne ―todavía no se llamaba cava―, también.

Hasta aquí yo no fui una persona independiente. Había crecido siendo parte de un todo, como de las ollas que se ponían en el centro de la mesa y… “maricón el último”. Pero en el 74 sufrí un cambio significativo. Me enamoré de un holandés y me fui tras él a un país falto de montañas y lleno de agua. No cabe aquí todo lo que me suscitó un país que se había hecho a sí mismo ganándole el terreno al mar. Me ceñiré a la gastronomía y a su impacto en mí. Lo primero que me sorprendió fueron los olores: los ahumados, la mantequilla derretida y los efluvios del orujo de hierbas, muy eficaz contra el frío. Pero en un país donde no crece la materia prima que dé sabor y color a sus platos, se atrofia la imaginación culinaria. El plato nacional, una crema de guisantes con panceta ahumada, me remite a las heladas y al frío. Puchero mondo y lirondo, pero tan solo como las tardes de invierno junto a la estufa porque la calle era inhóspita. El otro ―tienen dos―, me transporta a los restaurantes de los canales, con sus terrazas en el muelle, al borde del agua. Son los panqueques, salados o dulces, pero tan densos como el cielo holandés, que reposa siempre sobre los hombros… Los dulces son otro cantar. En especial los poffertjes, unas tortitas esponjosas cubiertas de azúcar glas que saben a otoño y al humo de leña de las chimeneas. Se degustaban en los restaurantes al pie de las arboledas, después de caminar sobre medio metro de hojarasca en un escenario de tonos inimaginables entre el amarillo y el rojo.

El matrimonio con mi holandés errante no funcionó y volví a mi Barcelona natal, donde los sabores mediterráneos me reacomodaron a mis orígenes: paellas junto al mar que me devolvieron amigos y barbacoas bajo el sol que me arrancaron el cielo holandés de las entrañas, el único al que le guardo rencor.