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DOS VENTANAS - 23/10/2021

 



Más que los ojos son los pulmones de este primer piso que, por suerte, no tiene edificios que le hagan sombra. Pero soy menos afortunada con las vistas. Las dos miran al mismo lugar, el jardín de mis convecinos, que a su derecha, limita con un desvencijado conjunto de techumbres bajo las que habitan inquilinos que piensan morir en esas chozas, que los propietarios no restauran a la espera de que cumplan su promesa.

La parte izquierda es, pues, la más agraciada; la derecha presenta un mosaico de deshechos compuesto por trozos de uralita, pedazos de plástico, cortinas roídas, palos apuntalados y ladrillos colocados en lugares estratégicos para que el viento no se lleve tanta improvisación. Un paraje que un neón de carretera norteamericana podría anunciar como Parches y Pedazos Unidos, S.A.

Pero vayamos a la parte buena. El jardín. Uno debería sentirse privilegiado de poseer un jardín de 130 metros cuadrados en plena ciudad. Sin embargo, es este un lugar de abandono donde viene a morir todo lo que ha dejado de ser útil: un banco de piedra caduco, rescatado de alguna casa en ruinas, que se colocó torcido y torcido sigue; una cesta de baloncesto recostada en difícil equilibrio contra una pared desde que un fuerte viento la desplazó hasta allí; un terraplén con la jaula que habitó un conejo. El conejo desapareció, pero la jaula insiste en quedarse cosechando óxido hasta convertirse en pieza de museo. Tres árboles frutales, cansados de esperar, abandonan tristes sus frutos que se pudren en el suelo, y un perro de la tercera edad, siempre solo, llora constantes dolores reumáticos.

Me pregunto por qué vivirán de espaldas al jardín. Tengo varias hipótesis; que el jardín está a la vista de todo el barrio y no les ofrece intimidad; que solo le interesaba a la abuela y ahora ya no puede pateárselo porque va de la cama a la silla de ruedas y viceversa; y la más probable: que los propietarios son alérgicos al aire libre y con un pelín de síndrome de Diógenes.

Pero yo lo miro desde otro ángulo, el de la naturaleza que todo lo sana y todo lo cubre. Las trepadoras, en salvaje estampida, intentan llegar cada vez más cerca y trazan lazos que unen y dignifican cuanto encuentran a su paso; los árboles frutales (un níspero, un limonero y un alcornoque), son el punto de encuentro de todos los pájaros del barrio que llenan mi casa de gorgoritos inéditos. Y el afán del verde por conquistarlo todo dejará pronto la canasta de básquet integrada a la pared y armonizará el conjunto hasta que me parezca que estoy frente al jardín de palacio.

En el fondo deseo que este armonioso desorden me acompañe muchos años. Me asegura que no levantarán una pared que se llevaría el verde, los trinos, la brisa que canta en las hojas, el sol que besa mi alféizar y el trozo de cielo que me corresponde. Y además, de noche, todos los gatos son pardos.


TREN DE LARGO RECORRIDO - 08/12/2020



UN VIAJE IMPREVISTO

        Es curioso, creía que no sabría vivir sin trabajar. Me refiero a vivir sin un trabajo que me organice la vida. Sin embargo, desde que me he jubilado tengo la agenda tan llena de cursos, clubs y encuentros con cada una de las personas que se van añadiendo a mi agenda que hasta me siento un poco estresada. Antes, el trabajo estructuraba el día a día y las horas de ocio se reducían a una o dos actividades compatibles. Eso era todo. Punto. Pero ahora todo depende de mí, desde que me levanto hasta que me acuesto. Y todos los días son distintos. Cada mañana, desde la cabecera de mi cama, atisbo el pedazo de cielo que se ve desde mi ventana y tomo decisiones. Hay quien mira el futuro en el poso del café, yo miro el cielo y espero a que me cuente. Hoy, por ejemplo, tiene un color que… ¡Pam! ¿Qué ha sido eso? ¡Un pájaro se ha estrellado contra los cristales! He saltado de la cama y me he asomado al patio para ver si estaría abajo, aturdido, o quizá muerto. No había pájaro. ¿Habrá remontado el vuelo? Entonces lo he visto claro. Premonitorio o no, es hora de un receso. Aunque solo sea un día, para descomprimir. Estoy acelerada, como ese pájaro.

He recogido La vida de Rebecca Jones, que yacía aún entre las sábanas, y lo he dejado sobre la mesilla, para seguir esta noche. Angharad Price tiene una narrativa que enamora. Hay muchos buenos libros desconocidos y, aquí, en Gavà, pocas librerías, pensaba mientras iba al baño. ¿Qué día es hoy? Miércoles, 26 de julio. Será un placer visitar en miércoles La Central, o La Casa del Libro. Cuando quiero desconectar, me gusta perderme entre las historias dormidas de los libros y ver cómo van despertando al contacto de mis dedos.

Salgo del aparcamiento y camino hacia el Paseo de Gracia. Al llegar al Pasaje Mercader me detengo al oír mis pasos corretear arriba y abajo. Parece que busco algo, una pelota, la pelota que se ha caído de la terraza del edificio. Me agacho para ver si está bajo los coches aparcados. En un acto reflejo miro hacia arriba. Mi hermano, asomado a la baranda, me indica dónde ha caído: ¡En el jardín del internado!, grita. Pero ya no hay ningún internado, aquí solo hay empresas y consultorios médicos. Ni siquiera hay coches aparcados, dicen mis labios cerrados.

Al final del pasaje, doblo a la derecha y me quedo frente a la puerta escoltada por las dos columnas de mármol color crema. Siento ganas de abrazarlas, como entonces. Dudo unos instantes, entro.

El quiosco barroco de la portería ha sido sustituido por un sobrio mostrador. Tras él, un conserje me pregunta a qué piso voy.

—Me llamo Elisa Martín. Verá, tal vez es un poco extraño, pero quisiera subir a la vivienda de los porteros. Nosotros…

—No hay portería —me interrumpe—. La antigua vivienda ha sido alquilada a particulares.

—Es que nací entre esas paredes, ¿sabe? ¿No podría al menos subir a ver la azotea?

Se convence de que soy la inquilina de la antigua portería cuando le nombro a los propietarios del edificio y a un par de vecinos más.

—Bien, suba —dice más conforme—, pero solo media hora. Voy a cerrar —Y cuando espero que me dé la llave, añade—: La puerta está abierta.

Salida: Calle Mallorca, Barcelona  ̴  26 de julio 2017

El ascensor me cautiva. El mismo espejo biselado, el mismo asiento diminuto, la madera de caoba reluciente en sus bordes redondeados. Solo la botonera ha sido sustituida por un antiestético panel digital, pero yo todavía veo aquel cuadro dorado de timbres bailarines que necesitabas apretar a fondo para que se pusiera en marcha. El ascenso, lento y trabajoso, sigue acompañado de la música renqueante de su motor de ultratumba, pautada por el clic-clac que se oye al rebasar cada piso.

El espejo nos encuadra a las dos: yo y la niña despeinada con la pelota bajo el brazo. Zapatea impaciente. ¿No tendrías que ir al aseo? No tengo tiempo, me dice. Y sale disparada en cuanto abro las dos hojas de la puerta del ascensor que se ha parado en el quinto. Subo el último piso a pie, porque sigue sin llegar al sexto. La puerta de la vivienda, totalmente cambiada, está muda. La de la terraza, abierta. La niña ha desaparecido.

Lo primero que he visto ha sido la baranda. Ese patrón del hierro forjado, tan mío, me ha vuelto a poner trenzas y en los pies aquellas sandalias de goma transparente. Imposible olvidar ese dibujo que recorrí tantas veces con los dedos, incluso su sabor me ha vuelto a la boca. Me gustaba lamer el hierro caliente bajo el sol de mediodía mientras observaba la vida pasar, allá abajo.

Recorro la azotea casi de puntillas, para no pisar los recuerdos. Aunque todo está cambiado, las historias brotan a cada paso que doy, hasta me ha parecido reconocer la huella de nuestras manos sucias sobre la pared de los lavaderos. He visto pinzas de la ropa desfilar como soldados sobre las lavadoras, el foso de los leones en el fondo de un lavadero y, en un rincón, restos de los sputniks que hacíamos con cerillas y papel de plata. He visto pisos enteros pintados por mí sobre el terrazo, pisos de tiza en los que vivía cuando buscaba otra vida que la que teníamos. ¡Cuánta imaginación! Hubiera seguido con las guerras de agua, los números circenses y, mucho más adelante, con las verbenas, las noches estrelladas y los colchones al raso, cuando la canícula no nos dejaba dormir. Hubiera seguido con todos los mundos fantásticos que veíamos en cualquier objeto cotidiano, navegando por el mar infinito de nuestra imaginación, pero un rumor de puertas y llaves desde la escalera me recuerda que he sobrepasado la media hora y debo marcharme.

Son las ocho de la noche y todavía estoy mirando fotos en blanco y negro. Hay una en la que estamos los cuatro, Mateo, Álvaro, Bruno y yo, con la baranda al fondo, la misma que hoy he repasado con el dedo, como hacía entonces. Cuando la he vuelto a ver, me ha parecido que me devolvían algo perdido. Ellos están en pantalón corto y en posición de firmes, como ordenaba papá; yo con aquel vestidito de cuadros de colores lleno de remiendos que se hizo eterno. Nadie sonríe. Todos llevamos las rodillas sucias.

Las doce y cinco. Ya es jueves. No tengo sueño, tampoco quiero irme a dormir. Esa azotea tan nuestra me ha sacudido por dentro. La foto de nosotros cuatro sigue sobre la mesa, contándome cosas que no sabía. Nuestras rodillas sucias contrastan con la rigidez de nuestras caras. Un mundo de fantasía y libertad que se evade de otro opresivo y tenso. Hay otros recuerdos más allá del dolor, me lo han dicho nuestras rodillas sucias, las columnas de mármol cuando he querido abrazarlas, la baranda cuando he seguido sus curvas con el dedo, la nostalgia de las noches tachonadas de estrellas que presagiaban que algo maravilloso aguardaba en alguna parte. No todo fue dolor. No fueron solo las crisis violentas de papá y el llanto a escondidas de mamá. Aquello nos dotó de una fantasía poco común que nos hizo libres y el humor se hizo un hueco entre nosotros. El humor es una estupenda válvula de escape. Esa arma aprendimos a utilizarla, ¡ya lo creo! Lo único que aún me entristece es que el dolor no nos uniera, que nos hiciera islas independientes.

 

LOS DÍAS AUSENTES

        Me pasa a menudo que las ideas brotan una detrás de otra, como si la fantasía tuviera prisa por disparar sus últimos cartuchos. Así es últimamente. Por primera vez en muchos años tengo más proyectos que recuerdos. No sé quién dijo eso, pero ahora lo hago mío, porque enlazo un proyecto tras otro. Como hoy, que he decidido seguir el viaje que emprendí ayer. Me lo sugirió el llanto de la niña que oí tras la puerta muda al volver de la azotea, la niña que nació un 6 de octubre con una clavícula rota a las diez y cinco de la mañana. Me palpo la clavícula buscando la pequeña protuberancia que siempre asocié con aquella rotura y me prometo que seguiré ese viaje y escogeré dónde apearme.

Primera parada. Colegio de niñas de la calle Dulcet  ̴  8 de agosto, 2017.

Al bajarme del coche me doy cuenta de que, como entonces, me siento extranjera en estos barrios de la alta burguesía. Nunca he formado parte de esto.

La verja del lado norte está abierta. Bajo por el sendero que desciende hasta el edificio entre las coníferas que aún montan guardia a ambos lados del camino. La parte señorial sigue ofendida por el añadido moderno que la profanó. La piedra calla, desmemoriada, pero desde las ventanas del tercer piso me llegan sus voces, aquellas voces petulantes que me llenaron de ausencia. ¿Yo en la fila junto a la Martín-Tontalvo? ¡No, qué asquito! ¿Has visto qué pinta, este año? ¡Parece salida del hospicio! Las oigo, sí, pero ya no las escucho. Ahora son solo aquellas pobres niñas ricas, sus ofensas no pueden hacer diana porque el hoy nos ha igualado, si no en gustos, costumbres y dinero, sí en fracasos, obstáculos y enfermedades. Si ahora las viera, podríamos hablar tranquilamente sobre la soledad, seguro que ya la han conocido.

Miro a mi alrededor, busco sin saber qué busco. En un recodo, ajenas al tiempo, las bromelias persisten en sus brotes de fuego y se pierden en su procesión escandalosa e irreverente camino de la capilla. Sigo su eclosión de rojos, fucsias y naranjas hasta llegar a la placeta. Allí, apenas distingo la puerta de madera labrada de la iglesia, tan solo el rastro de sus contornos borrados por el tiempo. Los goznes, cubiertos de pátinas de herrumbre, la han hecho pétrea, y los filodendros le han barrado definitivamente el paso. Me vuelvo al recordar el pequeño estanque que había justo enfrente y me descubro todavía allí, contándole mis penas a los nenúfares, a mis amigas las ninfas de agua que me escuchaban inmóviles. Miraba sus faldas flotar en el espejo del agua, donde el sol me hacía guiños de complicidad. ¡Qué riqueza la mía! ¿Y el lago? Doblo la esquina y lo veo aparecer, dilatado y manso. Me apoyo en la baranda y nos contemplamos. Soy yo, he crecido, le digo solemne, y me cuenta que ya no está la barca en el embarcadero ni las ocas que graznaban impertinentes, pero que todavía guarda todas mis confidencias, esas en las que le repetía algo impreciso sobre la soledad.

Sigo hasta la pineda. Ha perdido frondosidad, pero sus pocos árboles me recuerdan la mágica noche de verano en que allí se representó Antígona. Un escenario improvisado iluminaba con sus focos la penumbra de sus contornos. En la semioscuridad, los pinos habían decorado sus copas con estrellas y se habían perfumado de noche. Una felicidad inesperada me roza los sentidos. Fue entonces cuando se me llenó el pecho de bosque y cielo, cuando aprendí a respirar más allá del entorno hostil que me marginaba. No fueron días ausentes. Aquellos pedazos de cielo me pertenecieron como me pertenecen ahora los que adornan mi ventana, cada mañana, al despertar.

 

I HAD A HOUSE IN HOLLAND...

        Me llamó el domingo y pensé enseguida en términos de viaje. Tengo ganas de ver otra vez las casas que habité, le dije, y Wilma ya me había sacado los billetes antes de colgar. Me alojaría en su casa y programaríamos un encuentro con Tess, así de fácil. La excusa era una nueva parada del tren de largo recorrido que había iniciado viaje en la azotea de la calle Mallorca, pero hubiera servido cualquier otra para un rendez-vous a tres bandas. El martes me recogerá en Schipphol a las 19:55. En martes ni te cases ni te embarques, le traduje. ¡Déjate de tonterías!, contestó, y me envió los billetes por e-mail.

Segunda parada. Finca urbana del siglo XIX  ̴  7 de Septiembre, 2017.

Anteayer me instalé en casa de Wilma y familia. El marido de Wilma puso un utilitario de alquiler a mi disposición para que me moviera a voluntad porque ellos trabajan y necesitan sus vehículos. Así las gastan mis amigos de Zeist, una ciudad señorial donde ellos tienen su acomodado chalet en los bosques que circundan la ciudad.

He salido temprano en dirección a Utrecht. Las autopistas están llenas, nada que ver con las que dejé en los años ochenta. Me cuesta llegar hasta el centro y aparcar en Vredenburg. La plaza está irreconocible, pero el camino hacia la que fue mi primera morada lo encuentro sin problemas. Cuando avanzo por la Wijde Begijnestraat temo no encontrarla en pie, pero al final de la curva, aparece su majestuoso perfil como en un sueño. Esperaba verla decrépita con sus ciento veintidós años de vida, sin embargo está espectacular, restaurada y cuidada. Me apoyo en la pared del edificio de enfrente para contemplarla. Respiro hondo. La casa sigue impregnando de época el paisaje urbano, con su fachada de hastial escalonado y su puerta adornada con un complicado trabajo en hierro forjado plateado, como una joya ostentosa. Las ventanas, enormes, tienen las cortinas corridas, la pequeña del desván, en la cúpula, no. Sobre ella, el recuadro de piedra blanca con el grabado 1895 parece vanagloriarse de su buen aspecto. Ahí empezó todo. En ese desván del siglo XIX. La distancia y los años me devuelven dos vidas paralelas: la que avanzaba sin él, en un país por estrenar, y la que se desplomaba con él conforme cumplía años nuestro matrimonio. Catorce años de muchas victorias personales: el idioma, un trabajo estable, vida social, buenas amistades y la consideración de nativa debido a mi integración profunda. Sin embargo, el sabor del fracaso es tan potente que contamina todo lo demás y la amargura predomina en mis emociones.

Aunque las cortinas están cerradas me acerco y pulso el timbre. Nadie responde. Debe estar alquilada a algún pequeño empresario o autónomo. Tampoco veo un letrero que pueda indicarme dónde llamar. Frente a la puerta cerrada, cierro los ojos y subo por la escalera angosta que me lleva en difícil escalada hasta el primer piso. Avanzo hacia el interior y vuelvo a oír el crujido de los viejos suelos de madera bajo la moqueta. Los altos techos susurran secretos que, veintidós años atrás, dejé abovedados en los rincones de la techumbre. Me elevo hacia ellos, pero un bocinazo me devuelve a la calle.

De vuelta a Vredenburg se me ocurre llegarme hasta el Oudaen y allí desempolvar los recuerdos que he recogido. En el Oude Gracht me apoyo un momento en la baranda del canal, justo donde la perspectiva consigue que los puentes se contengan el uno al otro, como si de un juego de matrioskas se tratara. Cuando me canso de admirarlo, entro en Kasteel Oudaen, busco una mesa frente al canal y pido un lunch ligero. El Oudaen está cambiado, pero sigue siendo el palacete por excelencia del viejo Utrecht y almuerzo entre cortinajes y lámparas de araña. Mis recuerdos se esparcen sobre la mesa.

Mi amargura nunca fue total, no es posible que solo me quede el sabor del fracaso. Miro por la ventana, hacia los árboles del canal. Las ramas siguen caminos inesperados. Me quedo con la mirada perdida en unos brotes nuevos. Mi ilusión también era así, tierna y llena de fuerza. Tenía veinticuatro años y estaba fascinada por lo que veía. Recuerdo mi asombro ante los contrastes de las dos Holandas: una pionera y revolucionaria y otra anclada en el pasado y de ideas rígidas. Lo sorprendente era cómo se toleraban. Mi vida en el seno de una familia holandesa fue un privilegio vetado al turista. El país hay que verlo desde dentro para llegar a comprenderlo y a amarlo. Amé las costumbres, las conversaciones pautadas en las que los hablantes esperaban su turno, el sistema democrático en el que la eficiencia era la norma. Ese era el marco, el decorado, el fondo amable en el que se suponía que él y yo… Sin embargo, él y yo fuimos tan solo un esbozo de algo que no prosperó.

Mi matrimonio no funcionó desde los inicios, fue un espejismo que duró catorce años. Durante todo aquel tiempo estuve diciéndome que las cosas cambiarían, pero no cambiaron. La infelicidad de un depresivo se acaba convirtiendo en la tuya, y no reconocer el problema puede derivar en hacerte sentir culpable de su desgracia y degenerar en un sutil maltrato psicológico camuflado tras una civilizada convivencia. Los problemas se vencen afrontándolos pero nunca ignorándolos, porque no se puede luchar contra un enemigo invisible. De todas formas, las relaciones, sea cual sea su problema, fracasan cuando no hay comunicación ni complicidad. Lo difícil de explicar es por qué aguanté tanto tiempo si siempre fue así. Me lo preguntaron muchos porque era lógico, y me molestaba que lo hicieran. Ahora no. Ahora sé que yo me agarré a un clavo ardiendo porque había huido de mis orígenes y había quemado mis barcos. Me incomodaba la pregunta porque la razón era difícil de aceptar. El autoengaño respondía por mí. Mi vida estaba en Utrecht, Barcelona había quedado vacía. No había vuelta atrás. Solo tenía algún contacto con Mateo, el mayor de mis hermanos, y era gracias a Lucía, su mujer, porque nosotros crecimos juntos, pero no revueltos. Y cuando esperaba encontrar aquí la familia que tanta falta me hacía, escogí, sin saberlo, a quien no quería crearla. Hay quien dijo que la diferencia de mentalidad y el idioma fueron la causa. ¡Que ilusos! No me conocieron ni entonces ni ahora. Me acostumbré tanto al país que me costó más de un año dejarlo. Luego están los que no entienden por qué volví a Barcelona. Aquí sí hay cierta lógica, pero el emisor no puede explicar lo que el receptor no puede entender. No es una cuestión que pueda razonarse. El corazón tiene sus razones, a menudo inexplicables.

Miro al canal. Al fondo de sus aguas van a parar cientos de bicicletas viejas cada año. Yo no voy a hacer lo mismo con el tiempo que estuve aquí. Tengo la inclinación de borrar los periodos de mi vida que me causaron dolor en lugar de descubrir lo que me aportaron.

  He vuelto a Zeist para la cena. Tess era la sorpresa. Me esperaba en casa de Wilma. Nos hemos acicalado y hemos salido a cenar las tres a uno de esos restaurantes caros que hay al pie de las arboledas. Tres cubiertos, camareros que te llenan la copa a cada sorbo y todo eso que a Wilma le gusta tanto. Hemos hablado horas y horas. En las amistades que dejé atrás descubro la Holanda que me hizo feliz y que perdura en el tiempo.

Tercera parada. Una casa con jardín  ̴  8 de Septiembre, 2017.

Mañana vuelvo a Barcelona, así que decido ir a Nieuwegein y no al piso de Overvecht que ha dejado menos huella en mi memoria. En Overvecht pasamos nuestros primeros años de matrimonio. Sin embargo allí el autoengaño era tal, que ni me percataba de mi infelicidad. Es difícil que pueda recordar algo significativo de aquel periodo.

Entro en Nieuwegein desde la autopista y sigo los indicadores hasta el barrio de Zuilestein. Está cambiadísimo. Antes quedaba en la periferia de la ciudad pero se ha seguido construyendo hacia Utrecht y ha quedado dentro de la villa. Aparco en la que fue mi calle y voy hasta allí. El barrio es residencial y está desierto. Al acercarme reconozco enseguida el jardín delantero, que sobresale algo más que los otros porque las casas unifamiliares no están en línea. Un capricho del constructor para romper la monotonía. El jardín delantero está muy cuidado. Han hecho un caminito serpenteante de adoquines hasta la puerta y han cubierto la entrada con un tejadillo para resguardo de la lluvia. La ventana de la cocina, sin cortinas, me permite ver hasta el otro lado de la casa donde se vislumbra el jardín trasero. Un suspiro denso y cargado me atraviesa el pecho. Duele. Es la casa que abandoné cuando mi matrimonio ficticio me explotó en las narices. Sois un par de amigos, mejor o peor avenidos, pero no sois pareja, le oí decir al terapeuta que nos ayudaba. Todos esos descubrimientos fueron abofeteando mi espíritu que, entonces, no andaba bien de ánimo ni era muy abierto de miras. Además, fue un autoengaño a dos voces que se retroalimentaba. Yo me lo creo porque tú te lo crees, y así en destructivo avance por nuestras vidas.

No ha pasado nadie desde que estoy aquí parada. Temo que alguien me esté observando, que vigile mis movimientos desde alguna ventana y piense que no soy de fiar. Camino hacia el final de la calle para entrar en la vereda de atrás. Ahora está asfaltada. Llego hasta la casa. El jardín es bucólico. Parterres con plantas silvestres, gravilla en lugar de césped, una acacia donde nosotros teníamos la magnolia, la cerca está desnuda, ya no la trepa nuestra madreselva… Me echo a llorar. El suspiro cargado ha soltado amarras y me echo a llorar, por mí, por él. Me siento en el suelo, de espaldas a la casa, la espalda apoyada en el cobertizo. Corren lágrimas imparables. ¡Cuánto sufrimiento inútil! No he mirado a las ventanas, he sido incapaz, porque he recordado la foto que hice de él cuando la casa estaba en construcción y se encaramó a la ventana que sería de nuestra habitación, una habitación que resultó ser de noches yermas y despertares mudos.

Me levanto con dificultad y me vuelvo al coche, preguntándome si no debería haber venido. Me siento abatida.

He cenado con Wilma, su marido y sus dos hijos. Un plato único y un pastel de manzana y pasas todavía caliente del horno. Me recuerda el apfelstrudel de Viena. Han notado que tenía el ánimo bajo, pero no han preguntado nada. Cuando me he quedado a solas con Wilma le he contado mi reacción frente al Carillonlaan 22. Es normal, me ha dicho, pero curativo. Wilma es parca en palabras, pero sabe muy bien sentir en silencio conmigo.

Ya es sábado. No nos queda mucho tiempo porque el avión sale a las 14:25. Me despido de Tess por teléfono y Wilma y yo vamos hasta Schipphol en su deportivo. En el aeropuerto tomamos el lunch mientras hacemos planes para el próximo rendez.vous, esta vez en Barcelona. Quiere ver el Parque Güell otra vez, y lo que se tercie, añade. La excusa es el parque, el motivo eres tú, me dice. Nos despedimos con ese abrazo corto y efusivo tan típico de Wilma en el que se le velan los ojos.

¡’Het was geweldig, El!,[1] grita desde lejos cuando me incorporo a la fila de control de pasajeros. Quiere decir te quiero, pero necesita camuflar sus palabras y algo de distancia para pronunciarlas. Wilma, siempre tan contenida.


DE NUEVO EL CIELO    

        Amanezco en mi casa de Gavà. Mientras miro el pedazo de cielo desde la cama me acuerdo del pájaro que se estrelló contra mi ventana. Mi receso está resultando muy intenso. Quizá voy demasiado aprisa por los corredores del pasado. El cielo me dice que deje pasar unos días, unas semanas, antes de visitar mi última dirección, la última parada de este tren de largo recorrido, para que las emociones salgan a flote de una en una, sin atropellarse.

Cuarta parada. Un apartamento lleno de amaneceres  ̴  24 de Septiembre, 2017.

He llegado en metro porque aquí es imposible aparcar y todos los parkings quedan lejos. Subo las interminables escaleras de la estación de Penitents. Este lugar no me trae un solo recuerdo triste. Aunque los hubo, la balanza se decanta por el amor, que entró a raudales por sus ventanas, junto con el sol. Fueron dos, uno azul y otro rojo.

Salgo a la calle y subo la pendiente. El edificio, de solo tres pisos, tiene forma de escalera porque los apartamentos están construidos en una pendiente y a media altura el uno del otro. A cada rellano sigue medio tramo de escaleras. Siempre lamenté que no me pudieran alquilar el de abajo porque tenía terraza y el mío solo balcón, pero en la planta baja me hubiera perdido los amaneceres. Toco el timbre del tercero-A. Nadie. Recorro los jardincillos de la entrada y me siento en la repisa de las jardineras. El apartamento es muy fácil de imaginar: un solo ambiente, habitación y baño, y un pequeño balcón cuadrado que agrandaba el espacio al estar separado por una cristalera. Así era la morada minúscula que dio cabida a mis dos amores: el azul, porque era once años más joven, y el rojo, el pasional, que venía con música de fondo.

Cada mañana, el sol entraba por mis ventanas pintando el cielo de rosas, naranjas y violetas. El amor azul fue una locura que nos cegó a los dos. Él veía en mí a una poderosa amazona que a lomos de su corcel le mostraba el sendero de la vida, y yo me dejé llevar por su entusiasmo ante la madurez. ¿O quizá porque subía las escaleras de dos en dos y todavía tenía energía para llevarme a la cama en brazos? Me veo obligada a reírme un poco de mí misma y de esta relación que solo nos duró dos meses, porque no teníamos nada en común ni aquello tenía futuro. Nuestra locura se desató un día en que recibí un ramo de rosas con una tarjeta que decía: Te recogeré a las cinco. Y a mí me sedujo aquella proposición valiente. Te recogeré tanto si quieres como si no. Por aquel entonces yo peleaba por tener suficiente para vivir y ahora comprendo que estos romances solo se desencadenan cuando tu vida va dando tumbos y recoges cualquier emoción que encuentras por el camino, sin reflexionar sobre su trascendencia.

Los amaneceres seguían protagonizando mi vida. El sol salía cada mañana y así era también con mi predisposición para un nuevo idilio. Y llegó el amor rojo.

Mauricio entró en mi vida de la forma más habitual. Nos presentaron. Ni se me pasó por la cabeza que un apretón de manos se convertiría en un beso sobre el dorso de la mía. No estaba yo precisamente para galanterías luchando como luchaba por vender enciclopedias (así me ganaba entonces la vida). No recuerdo qué le dije. Sería algo así como “espero que me la devuelva, la necesito para conducir”. Mi bravuconería le cautivó. A la semana estábamos citados en el Zurich. A las dos semanas me cantaba al oído el Aria di Edgardo de Lucía di Lamermoor durante un ensayo en el Liceo, y al cabo de cuatro meses me perdía por las calles de Aguascalientes de su brazo, entre mariachis y desayunos opíparos. Si alguna vez he conocido la felicidad tengo que reconocer que fue entonces, cuando comprendí que es un buen asunto que dos personas se encuentren cuando ni siquiera se estaban buscando.

Lo nuestro duró tres años. Tres años de cartas e idas y venidas, Liceo arriba, Liceo abajo. Solo nos veíamos en sus actuaciones o en mis viajes a México. No lo teníamos fácil. Un océano por medio y una convivencia en términos de visita. La vida con un artista está condenada al fracaso. Los artistas viven en perenne sublimidad, no tocan de pies a tierra. Y nos llegó el día en que comprendimos que uno de los dos tenía que renunciar a una vida propia. Aun así, es el único amor que no me ha dejado amargura. Se desplomó, pero lo que tuvimos permanece.

He caminado hacia la estación de metro. Vuelvo a casa. Metro hasta Paseo de Gracia y tren a Gavà. Sentada en el andén medito sobre lo que aquel apartamento adornado de amaneceres me dejó en la memoria. Mi situación económica vivía al límite del fallido, tuve una enfermedad grave y perdí dos veces el empleo en edad muy conflictiva para una reincorporación al mundo laboral. Ninguna de mis desgracias pudo destronar estas pasiones.

Al llegar a casa miro las fotos de Mauricio y la infinidad de recortes de periódico que todavía guardo. No hemos perdido el contacto, pero ya no es aquel. Sus mails no siempre los leo, quizá él tampoco los míos.

Quinta parada. Un sueño premonitorio  ̴  30 de Septiembre, 2017

Esta noche estoy nostálgica. Será porque es 30 de septiembre y siempre recuerdo la misma canción: Septiembre se muere, se muere dulcemente, y en su luz amarilla, mis sueños palidecen.

Estoy organizando mis actividades, quisiera añadir algún voluntariado. Siempre me lo propuse y nunca lo llevo a cabo desde que dejé de colaborar con Caritas. Tengo dos folletos sobre la mesa. El de Caritas que me propone la misma ayuda escolar a niños de familias con pocos recursos, y uno de Migra Studium para colaborar con los emigrantes en el ámbito de la enseñanza. He leído con detenimiento el de la ayuda a la emigración. Es un tema que me atrae, me siento muy implicada. Cuando estoy leyendo la letra pequeña del folleto me quedo dormida en el sillón.

 Estoy en la cama, leo a García Márquez y sus Cien años de soledad. Tengo los ojos muy deteriorados y leo con dificultad a través de unas gafas nuevas. Un hombre de color se pasea por la casa. Lleva los pies descalzos y camina con una cadencia sudafricana, casi bailando. Me fijo en sus pies. Tiene los dedos muy separados y se agarran con fuerza a la tierra que pisa. De pronto asoma por la puerta y me da las buenas noches. Le digo amablemente que cierre el gas antes de acostarse. Ya hice, me contesta. Tu dueme, dueme de noche para así no dueme de día. Es un hombre agradable y siento ternura por su aspecto frágil. Con la mirada le sigo por la casa. Cuando pasa por el comedor veo unos folletos de Migra Studium sobre la mesa. ¿Está este hombre en mi casa porque trabajamos juntos en Migra Studium? De repente siento ganas de ir al baño y me levanto, pero no puedo entrar porque lo encuentro ocupado. Salomón, digo mientras llamo a la puerta, no tardes que necesito entrar, date prisa, date prisa…

Me despierto en el sillón y me levanto enseguida para ir al baño. Cuando vuelvo recojo el folleto de Migra Studium que había caído al suelo. Mañana llamaré, me digo, es hora de ir a dormir.

El sueño, tan reciente, vuelve a mis pensamientos. Me ha dejado un recuerdo agradable y siento ganas de seguir en él. ¿Salomón?, pienso mientras abro la cama. Yo conocí a un Salomón que también era negro. Era muy alto y delgado, como un watusi. Teníamos menos de veinte años. Me venía a buscar en traje y corbata y me daba un solo beso por noche. ¡Qué tiempos aquellos!, digo en voz alta. 

Me acuesto con el corazón joven y en paz.


Epílogo

Se sabe que Elisa se mudó a Vilajuïga a sus sesenta y cuatro años. Desde allí colaboró con Migra Studium por la causa migratoria. Algunas veces, Salomón, un activista de Ghana, se quedaba en su casa para preparar juntos algún cometido puntual de la fundación. Elisa procuró que su casa fuera como las anteriores: cómoda, acogedora y con muchas plantas. Salomón siempre le decía que su casa era un jardín interior. “Estoy muy agradecida a los hogares que me han acogido a lo largo de mi vida, por eso los trato bien”, decía ella.

Escribió varios libros, entre ellos un ensayo sobre la madurez. Las tres máximas de su ensayo eran:

    • El arrepentimiento llega solo por lo que no hemos hecho.
    • En la vida nos decepcionan, pero también nosotros                          decepcionamos, por eso rectificar es de sabios.
    • Todos maduramos, o no, pero hay algunos aspectos en los               que maduramos menos.

Un 6 de octubre, cuando ya contaba 98 años y la dificultad para caminar hacía tiempo que la había sentado en una silla de ruedas, se acostó con la firme decisión de no despertarse por la mañana porque creía que la vida tenía poco que ofrecer cuando se ha de depender de otros. Su deseo se cumplió. Por la mañana, la señora que la asistía confirmó que no se había despertado y que la noche anterior se había despedido de ella con extrañas palabras: “Hasta aquí hemos llegado”, había dicho Elisa.



[1] ¡Ha sido estupendo, El!

TRES SILLAS - 28/07/2020




I

E

l ventilador giraba a velocidad uno, lento, solo para hacer circular el aire. Yo lo seguía con la mirada para volver a quedarme dormida, como otras veces, pero un desasosiego me mantenía despierta, explorando las imperfecciones del techo. Eran las de siempre. Justo a la izquierda del ventilador estaba la pequeña grieta en la pintura y en la esquina derecha, casi en la cabecera, aquella leve mancha amarronada con la forma del continente africano, incluido Madagascar.

Eran tan solo las seis de la mañana, pero ya hacía calor. Tenía el cuello del pijama húmedo y la cabeza llena de pensamientos obstinados. ¡Arriba, Elisa!, me dije, lo mejor es ponerse en marcha cuanto antes: tomar una ducha, bajar la maleta al coche y marcharse al hotel. Me levanté para ir al cuarto de baño y el parqué crujió donde siempre, con una queja prolongada.

La autopista estaba vacía a aquella hora de la mañana y conduje hasta Llançà de una sola tirada, sin detenerme a desayunar.

El Grifeu, anclado en la misma playa, me pareció más sombrío. Nunca lo consideré un hotel bonito, pero sus dos terrazas con barandas de piedra colgadas sobre el mar me recordaban la idílica villa de Montalbano en su Vigàta ficticio. Hoy flotaba en una atmósfera taciturna, envuelto en una neblina que emborronaba cielo y mar en una acuarela opaca.

En el mostrador, cuando me entregaban la llave de la 106, noté un toquecito en el hombro. Miré a mis espaldas y la reconocí enseguida.

―¡Marta! ¡Ostras, Marta!

―¡Qué sorpresa, Elisa! ¿Estás en el hotel?

Nos quedamos hablando en el hall, ella en bambas y sudadera, yo maleta en mano, contándonos cómo nos había ido desde que nos habíamos perdido la pista tras el voluntariado de Caritas. Ella no quiso entretenerme más y propuso comer o cenar juntas. Dudé un poco porque había venido buscando un espacio para mis reflexiones, pero Marta era una compañía grata y dije de vernos en la cena. Luego subí a instalarme en mi habitación.

Estaba cansada. Apenas había dormido. Pensé en salir a desayunar algo, pero me tumbé sobre la colcha y me quedé dormida, con la maleta por deshacer.

A las ocho entré en el restaurante del hotel. Marta me esperaba en un rincón, junto al ventanal, donde la puesta de sol prometía naranjas y fucsias. Me senté junto a ella. El mar, la intimidad de una mesa pequeña y un comedor vacío, hicieron que la conversación prosperara poco a poco hacia revelaciones profundas que nada tenían que ver con nuestras someras confidencias del pasado. Parecía como si hubiésemos esperado al momento propicio para compartirlas.

 Llevábamos casi dos horas hablando, había oscurecido y el comedor se había llenado de gente. De mutuo acuerdo salimos a buscar nuestros bañadores y nos acercamos a la playa, desierta en aquel momento. Allí, después de un breve baño nocturno, seguimos la conversación donde la habíamos dejado.

―Algo se despertó en mí ayer ―repetí, expulsando la arena de las puntas de la toalla―. Decidí rodearme de los amigos más próximos, no quería dejar pasar los cincuenta como si tal cosa. Y son amigos, sí, pero fugaces. Hoy es uno y mañana es otro. ―Miré la luna esconderse tras un jirón de nube―. Los amigos entran y salen de nuestras vidas como los camareros de la terraza de un bar ―recité―. No es mía, la frase, pero resume muy bien lo que siento. Ninguno de ellos sabe nada de mi vida, ni yo de las suyas, por supuesto, y entonces el contacto es frívolo, trivial. Me sentí rodeada de gente, pero sola, ¿puedes creerlo? ―Miré hacia ella. Tenía el perfil iluminado por las luces de las terrazas, desde donde llegaba un leve murmullo.

―Es verdad ―dijo―, hay compañías que… ¿Conoces el poema de Machado? Tengo a mis amigos en mi soledad, cuando estoy con ellos que lejos están.

Sí, exacto, eso es. ¡Qué excelente manera de describirlo!

»Pero anoche… anoche fue algo más ―seguí diciendo―. Apareció un sentimiento más antiguo, uno que se encarniza conmigo cada vez con más frecuencia. Sale a la superficie y sin darme cuenta lo ahogo, no lo dejo hablar. Y tiene que ver con mi familia. ―Evoqué la emoción y añadí―: ¿Has tenido alguna vez la sensación de “patito feo”, Marta?

 Marta no entendía.  Entonces le expliqué que desde hacía un tiempo notaba que la relación con mi familia no era la que yo creía. Que si bien nuestras vidas habían tomado caminos diferentes, yo esperaba un vínculo con ellos que ya no existía. Que lo descubrí de golpe, el día en que celebrábamos las bodas de plata del mayor. Fue un sentimiento devastador que abrió una brecha entre ellos y yo. Tuve la sensación de que lo celebraban con y para sus familias y que yo era una mera invitada. Entonces comprendí que mi familia ya no era mi familia, que se había desvanecido.

Marta vio cierta lógica en todo ello. Balbució no sé qué del peso de la nueva familia.

―Pero, con mis padres ya fallecidos, ¿qué otro vínculo me queda si no es el de mis tres hermanos? ―dije contrariada―. ¿La nueva relación anula la anterior? Yo sigo siendo su hermana y ahora también la tía de sus hijos y la cuñada. No veo por qué la nueva familia tiene que sustituir a la que tuvimos. ―Me quedé unos instantes con la mirada perdida en la nada. Luego dije―: En realidad esto ya viene de antes. Si miro hacia atrás, solo veo desapego, desinterés mutuo. Es como si no hubiéramos crecido en el afecto, Marta. Me pregunto si alguna vez hemos sido una familia…

Marta opinó que en todas las familias cuecen habas, que ella, con sus padres, tenía un sentimiento a la inversa.

―Son estupendos ―dijo―, pero mi condición de hija única me liga demasiado a ellos. He deseado tantas veces tener un hermano, tan solo uno, alguien conmigo en casa, de mi generación. No tengo ninguna referencia para opinar sobre cómo influyen mis padres en mi vida. Esa fraternidad, la he tenido que buscar siempre fuera de casa.

―Ya… ―Traté de imaginarme la vida como hija única. Mis tres hermanos varones no habían sido una compañía fraternal―. Bien mirado ―dije―, yo tampoco tuve hermanos. Nosotros vivimos bajo el mismo techo, pero no fuimos ni amigos ni confidentes, solo compartíamos juegos, bueno, más ellos que yo, yo era la chica, pero luego íbamos cada uno por su lado, no compartíamos nada más. Hasta cierto punto es así como va en todas las familias, pero yo echaba en falta la cohesión, la complicidad. Eso no existía porque mis padres no lo habían fomentado. Así era mi casa, así crecimos… Envidio a las familias que hacen piña. Y a todo esto se añadía la diferencia en el trato. Ser la única chica y la pequeña me dejaba fuera de muchas cosas…

―Vaya, que juntos pero no revueltos ―concretó Marta.

―No, no me encaja ese refrán. Yo me refiero a… ―buscaba las palabras, pero lo dije tal cual―: Tener solo hermanos en una familia machista, incluida la madre, es un tormento que llevas con resignación, Marta, no hay alternativa, no mientras eres pequeña.

»…Lo peor de todo es no contar, sentir que no te toman en serio ―añadí pesarosa.

Marta asintió. A ella le ocurría en el ambiente laboral, dijo.

Llevábamos otra hora hablando sin parar. En mi frenética necesidad por soltarlo todo en una noche, había torturado las puntas de mi toalla hasta dejarlas retorcidas. Aquella insatisfacción con la vida que me había tocado vivir, había tomado voz y ya no quería callar.

Marta contuvo un bostezo y pensé que me había excedido

―He abusado un poco de ti, ¿no? ―le dije―. Eres… de las que saben escuchar.

―No, ni mucho menos. Yo también necesito cambiar impresiones sobre estos temas. No siempre se tiene ocasión ―dijo sonriendo―. Solo estoy algo cansada.

―Sí, vayámonos a dormir. Además, hace mucha humedad esta noche.

Volvimos al hotel. En la recepción Marta sugirió que mañana podríamos caminar hasta Port de la Selva por el Camí de Mar. Ella se iba a mediodía. De acuerdo, dije.

En la habitación abrí la ventana y la cadencia del mar sonó un poco más triste. Me di una ducha rápida para sacarme la arena y la sal y me metí en la cama.

 

II

 

M

adurar no es cosa de una noche. Te crees que después de haber volcado tu interior sobre una toalla en la arena comprendes lo que te ocurre y que con ello se ha solucionado. Pero la  herida seguía abierta y yo me afanaba en cubrirla con tiritas provisionales. Marta notaba mi malestar, aunque yo ya no le decía nada. Hubiera sido repetirle una y otra vez la misma queja cuando yo era la única que podía tomar cartas en el asunto. Desde el fin de semana en Llançà nos veíamos a menudo para un cine o una cena. Ella se hacía cargo de mi bajo estado de ánimo y me enviaba frases de aliento en la despedida, convencida de que, si no había palabras, bastaba con estar.

Había llamado a casa de Mateo para saber cómo estaban. Como siempre fue mi cuñada quien habló conmigo. Él estaba ocupado. Lo imaginé tras el ordenador incapaz de levantar la cabeza para nada que no fuera lo que estaba haciendo. Esta vez se me escapó. ¿No puede ni ponerse al teléfono? Lucía lo captó de inmediato. Tenía la facultad de intuir antes que yo lo que me ocurría. ¿Por qué no habláis?, me dijo. Confieso que mi primera reacción fue desistir. ¿Hablar con Mateo? ¿A solas? Me parecía inútil y, por qué no decirlo, también me daba miedo. Porque Mateo era un hombre de afirmaciones rotundas y muy bien argumentadas que te dejaban inconforme, pero sin poder rebatirle nada. De alguna manera sentenciaba, se apoderaba de la razón. 

Estuve dándole vueltas a la idea durante dos semanas. Hablar con cualquiera de mis hermanos sobre nuestra familia era una contienda en la que siempre salía herida. Sin embargo mi libertad interior bien se valía una batalla más. Decidí llamar a Mateo y pedirle que viniera a casa. Quiero hablar contigo, le dije, aquí estaremos solos y no nos interrumpirán. Dijo que sí, sin más. Reconocí la mano de Lucía en tan dúctil respuesta. La habilidad que ella tenía para convencerlo, no dejaba de sorprenderme.

Llegó receloso, temeroso de lo que se iba a encontrar. Después de ofrecerle café, cerveza y refrescos, optó por el eterno vaso de agua. Solo agua. Él no cedía nunca. Se había deshecho de todo lo superfluo y vivía con lo estrictamente necesario. Era un estoico al que admiré siempre hasta que advertí, en detalles como estos, que lo era hasta la exageración. Yo me serví un café cargado, quería estar bien despierta.

No sé cómo empecé, con mi insatisfacción supongo. Le dije lo que supuso para mí la vida en nuestra casa materna, el miedo a mi padre y el rencor a mi madre, porque su sumisión hizo que viviéramos atemorizados, y porque “hay que aguantar todo lo que Dios nos manda”… Después seguí con la necesidad que tenía de ellos, mis hermanos, a los que no sentí a mi lado entonces y ahora tampoco. No hubo mucho más que explicar. Todo esto ya se lo había dicho, solo que ahora lo había traído a mi terreno y quería una respuesta sin evasivas, aquí, entre las paredes de mi casa, solos él y yo. Escuchó, claro que sí, Mateo es como Dios manda, es correcto y civilizado, fiel a sus principios, justo, equitativo… ―¿Lo estoy sobrevalorando otra vez? ―Con algo de cansancio en la voz, me contestó lo de siempre. Que cada cual había vivido la familia de diferente manera y que no pensaba permitir que le cambiaran el concepto que tenía de una madre ejemplar. ¿Por qué le molesta que describa a la madre que tuve yo?, pensé, aunque no llegué a decirlo.

―Pero no me negarás que papá… ―insistí.

―Ese sí que era un déspota ―dijo―, y un verdadero problema. ―Y entonces, quizá por la presión de encontrarse bajo mi techo, confesó a media voz―: Yo huía de aquella casa terrible. Solo iba a dormir.

Me dio que pensar. Admitía que papá nos hizo la vida imposible, pero no que a mí me hubiera torturado la situación. ¿Qué es lo que no quería entender? Me acordé de mi soledad, abandonada a mi suerte entre unos progenitores siempre en pie de guerra. Ellos, los chicos, podían buscarse la vida, pero yo era la menor, y las chicas deben quedarse en casa.

Volví otra vez a la necesidad que tenía de ellos, mis hermanos, y él, molesto, no me dejó continuar:

―Tú me pides que te quiera porque eres mi hermana, pero yo no creo en el amor fraternal. La familia no se escoge.

Me costaba creer que no se mentía a sí mismo, que fuera tan indiferente a mi afecto. Si bien distantes, habíamos crecido juntos. Yo sí le quería, aunque después de esta declaración ya no sabía cuál era mi sentimiento hacia él, hacia todos ellos. Pensé en su familia, en Lucía, en sus hijos.

―¿Y tus hijos? ―dije―. ¿Acaso no se quieren entre ellos?

Por lo visto acerté porque me contestó a la defensiva.

―Bueno,  eso es otra cosa… es otra cosa… ―repitió sin argumentos al alcance de la mano.

Luego no me quiere a mí. Es a mí, a nuestra casa, a nuestro pasado. Lo ha borrado y no existe. Me pareció distinguir cierta cobardía en su fortaleza. ¿Temía perder una fortaleza que había forjado con pico y barrena sobre una parte frágil de sus emociones?  Las palabras no acudían a mi boca porque en esta discrepancia afectiva no éramos interlocutores válidos y porque me di cuenta de que apenas me había mirado a los ojos. Los alzaba un momento hacia mí y enseguida buscaban un objetivo más cómodo. No insistí más. Su confesión era decepcionante, pero me valía. Sentí alivio. Sí, cierto alivio. Que él reconociera que no me quería, era más soportable que la duda.

Nuestro tema de conversación habría dado para una tarde entera y muchas otras, pero él se levantó con sus últimas palabras porque consideró que no había nada más que decir. No me besó al marcharse. Quizá fue un descuido, o quizá porque dármelo habría sido contradecir sus palabras, porque yo me empeñaba en reclamar lo que no era. El sentimiento de siempre me dijo que se iba pensando que yo no tenía remedio.

Cuando cerré mi puerta tras él me dije que era inútil seguir llamando a la suya.

 

III

 

M

e senté a procesar todo aquello. Primero estuve callada, sentada en el sofá, sin saber qué hacer. Incapaz de quedarme sola con mis pensamientos, fui a la nevera, saqué una Moritz y me senté junto al teléfono, dispuesta a llamar a alguien. Mis dedos no dudaron en marcar el número de Ana. Era la más indicada, la que conocía de cerca a los Martín-Montalvo, los de entonces, los genuinos. La recordé como la vi por primera vez, con sus moñitos trenzados y su cara redonda inclinada sobre el pupitre. Descolgaron. ¿Ana? ¡Elisa! Dichosos los oídos. ¿A qué se debe el honor? No me riñas, Ana, tú tampoco me llamas. Es verdad. Mis hijos me tienen confiscada. Antes la niña, ahora los dos. ¿Todavía no van por libre? ¡Ay, hija, qué ilusa eres! Crecer, crecen, pero para lo que les conviene siguen agarraos a las falditas de su mamá. Eres una madre demasiado entregada. Pues sí, ahora no me riñas tú, Martín-Montalvo. No te riño. ―Me paré en seco―. ¡Uy! ¿Qué te pasa que no estás beligerante? ¡Ostras, Ana! ¿Beligerante yo? ¡No jodas! ¡Eh, ese lenguaje! ¡Que te voy a poner bicarbonato en la lengua, como tu madre!

Me eché a llorar, justo en ese punto. Ella, con solo dos preguntas, supo de qué pie cojeaba. Hacía unos dos años que no nos veíamos, pero cogió el coche y vino a casa.

Ana era quizá la persona de este mundo que me conocía mejor. Después de reparar en lo cambiada que estaba mi casa, se sentó en el tresillo nuevo, todavía admirada. Le conté la visita de Mateo. Consciente de mi disgusto optó por quitarle importancia.

―Siempre han sido muy suyos. Tus hermanos se mofaban hasta de su sombra. ¿No te acuerdas de que me llamaban Ana Palangana? Y todo porque una vez vine a pedir a tu madre una palangana para el baño porque la nuestra se había partido. No es nada personal, Elisa, son así con todo el mundo.

Sí, Ana, pero…

―Ya, ya, es muy fuerte que te haya dicho eso, pero mira, al menos ahora ya lo sabes. ¡Si no te quieren, peor para ellos!exclamó. Se había vuelto más pragmática con los años.

Sí, Ana, pero coño, entiéndeme también a mí.

―Si te entiendo, te entiendo, pero ¿qué quieres hacerle?

―¡Darme media vuelta, eso quiero!

―¡Pues, claro!

―¡No, no tan claro! Todos tenéis una familia, yo no. La que tenía ya no existe y la nueva no resultó. No he tenido suerte con mis relaciones. Todas muy bonitas pero ninguna la verdadera. En algo me equivocaría, supongo, pero ¿tengo que pagar este precio por no haber fundado mi propia familia? ¿La soledad? ¿Quedarme fuera de todos?

―Te puedes volver a enamorar.

¡No! Me he enamorado ya cuatro veces. Maravilloso, sí, pero tras el cuarto desengaño dije que se acabó.

―Pues entonces sin maromo. Tú tienes mil y un recursos para ir sola por la vida.

―Sí, pero ir sola por la vida significa ser siempre el segundo plato en todas las mesas.

―¿Qué quieres decir?

―Que todos te ponen en sus agendas cuando no vienen los hijos, cuando no van a casa de la madre, cuando la pareja no les requiere…  Y en mi familia otro tanto: “Llama antes de venir”,  “Vienen los chicos y está la casa llena, mejor ven otro día”. Es como el “¡Tu no juegas!” del patio del colegio. La sociedad está montada así, Ana. La familia es la piedra angular de la sociedad. Y no debería. El individuo debería contar más. Tú misma, Ana, sin ir más lejos. Tú no sales de casa apenas. Nos vemos bien poco.

―Pero cuando nos vemos es fantástico.

―¡Ana! ―protesté.

―Es que quiero animarte, Elisa, no me gusta verte así.

―Todos tienen una familia, mejor o peor, pero familia al fin ―insistí.

―También los hay que no la tienen.

Pues yo creo que tener una y que te digan que no te quieren, es mucho peor.

―Bueno, no exageres.  Ha dicho como hermana, no como amiga.

―Mira, yo eso no lo entiendo. Los hermanos se quieren como hermanos, y si acaso, también como amigos. O no se quieren, claro. También los hay que se han enemistado, pero no es nuestro caso. Eso sí puedo decirlo. Nunca nos hemos enemistado ni creo que lo hagamos.

―¿Y tus otros hermanos?

―Todavía los veo menos que a Mateo. En realidad, si no fuera por mis cuñadas, no tendríamos apenas contacto. Ellas son siempre el circuito que recorren las noticias y las que promueven y organizan las celebraciones familiares. Nosotros no lo hemos aprendido. Gracias a ellas seguimos viéndonos.

―¿Por qué no hablas con ellos?

―¡No! ¡No voy a pasar otra vez por esto! Apenas nos vemos o nos llamamos, solo somos un satélite en el universo del otro. Esto ha crecido así y no veo que una conversación vaya a cambiarlo.

Había sacado unas almendras, pero ninguna de las dos las había probado. Ana porque decía que no comía fuera de horas y yo porque estaba sulfurada. Me templé justo lo necesario para reconocer una evidencia:

―Creo que los he idealizado, Ana.

―Yo también lo creo. Te los has hecho a la medida de tus necesidades.

Tengo que cambiar esto. Me he creado unas expectativas que no se cumplen y me decepcionan.

―Claro. Ellos son lo que son, no han aprendido a vivir juntos. No esperes lo que tú has idealizado. Acéptalo, porque no cambiarán.

Ana bebía Coca-Cola y yo iba por mi segunda Moritz. Ella insistió:

―Pero con sus familias, ¿cómo son?

Con sus familias, fantástico. Los tres han tenido la suerte de encontrar a la mujer adecuada. Tienen buena relación.

―Por eso les va bien y no tienen el vacío que tú.

―Por eso les va bien, sí. Ellos han podido suplir la falta de cariño que no hubo en casa. Esa ha sido su suerte. Yo no la he tenido. Y yo, bueno, creo que quizá busco en ellos y en sus casas el hogar que no he tenido ―dije sorprendida de mis palabras.

Sonó el móvil de Ana. Su hija se había dejado las llaves y su marido quería cenar pronto. Se levantó como un resorte.

―Si puedo, mañana te llamo ―dijo. Una sombra me velaría los ojos, porque añadió―: Y si no puedo, también.


IV

 

A

na llevaba un tiempo llamándome casi cada día y lo hacía con humor, consciente de que yo lo tenía, aunque escondido en algún lugar recóndito de mi ánimo.

―Esteee, lo saben aquel que diu que se encuentran dos amigos y uno le dice al  otro: ¿Cómo estás?, y el otro le contesta: ¡Pues mira que tú! Pues eso, Elisa, aparca tu susceptibilidad un poquito, anda, que estás como un perro rabioso.

―Es que tengo los dedos de los pies muy largos ―le dije aún entre risas.

―¿”Mande”?

―Sí, y me los pisa todo el mundo. Es un dicho holandés. “Ese tiene los dedos de los pies muy largos, por eso se pica tanto”.

―¡Qué bueno! ¡Me lo apunto! Se lo voy a decir a Juan la próxima vez que me critique las zapatillas que le compro en el mercadillo.

―Hombre, Ana, para eso no servirá.

―Claro que sí. ¿No te gustan? A ver, déjame ver los pies. ¡Con esos dedos tan largos, todo te molesta, chico!.

El humor, me había olvidado de ese gran aliado. De eso, en casa, sí había, y mucho. Cuando un pueblo está muy reprimido, el humor se cuela por todos los resquicios del régimen. Era una teoría muy personal, pero seguro que estaba escrita. Me acordé del porrazo que me pegué aquella vez que mi hermano número dos quiso hacer una acrobacia y yo, subida sobre sus hombros, tenía que dejarme caer confiando en que él me agarraría por los pies justo antes de llegar al suelo. Me habían puesto el plumero rojo del polvo atado a la cabeza con una cinta, a modo de tocado circense. El resultado fue que no calculó bien mi altura y me estrellé contra las baldosas del piso. Berreaba y sangraba por la nariz. Mi hermano número tres, que sujetaba el taburete donde se había subido el número dos, cogió el plumero, le arrancó dos plumas y se las metió en la nariz y, entre lloriqueos, hacía ver que también sangraba.

Había que reconocer que, aunque eran unos brutos insensibles, el recuerdo nos había arrancado unas risas mientras se lo contaba a Ana. Ella me hizo ver entonces que,  además de las escenas dramáticas que habían marcado nuestra existencia, en mi casa también había reinado el humor y había grandes dosis de imaginación.

―No niego el padecimiento de aquella casa, Elisa, pero me acuerdo más de lo divertido, porque al estar fuera no recibía palos como tú, pero eso también era tu casa ―afirmó convencida. 

Desde que nos habíamos hecho adultas, apenas habíamos tenido contacto. Sin embargo, cada vez que nos hablábamos, parecía como si nunca hubiésemos dejado de hacerlo, como si retomásemos una conversación hilvanada a través de los años.

 ―Creo que se te juntan dos cosas ―opinó―: la decepción de tu familia y el rechazo a las familias en general. Y parece que tú echas la culpa de lo primero a lo segundo.

Poco a poco me iba quitando de encima ese sentimiento negativo que me unía y desunía a mi familia. Estaba aprendiendo a salir del epicentro de mi dolor y a merodear por los alrededores, a ver qué había más allá de la pena. Hablaba ahora con Marta, ahora con Ana, pero Ana había sido crucial porque conocía nuestro pasado de primera mano y me recordaba lo que mi malestar había borrado.

Había colgado y seguía con la sonrisa en los labios. Estaba yendo mejor. ¿Lo lograría? ¿Sabría vivir sin rencillas a pesar de las heridas? ¿Sabría dejar de lado que no hubieran reconocido nunca mi dolor? ¿Qué siguieran afirmando que mi versión no existía? El teléfono sonó y me sacó de mis cavilaciones. Era Mateo. Organizaba una comida familiar en su casa el sábado de la semana entrante. Que si me iba bien…

 

V

 

y que si iba a venir, preguntó más serio que de costumbre. Sí, claro que vendré, Mateo ¿Qué celebráis? Nada, una comida familiar. Hace mucho que no vemos a… Y nombró a mis hermanos dos y tres. A mí, la cuatro, no. Llámame susceptible, me dije bromeando conmigo misma.

Me preparé para la ocasión. Sabía que no sería fácil, que tendría que encajar inconveniencias, porque además de no estar compenetrados en el afecto, los Martín-Montalvo carecíamos de tacto y sabíamos meter la pata como nadie. Y también era muy consciente de que no sabía ponerme el chubasquero para que me resbalara lo que me había de resbalar. Pero yo estaba decidida. Partía de la base de que quería seguir en contacto con mi familia porque no tenerlo era peor. Había comenzado a llamarlos con regularidad, pero adoptaba cierta distancia. Preguntaba mucho y contaba poco, y el trato había mejorado. Había llegado a la sabia conclusión de que, si no quería la misma relación que antes, tenía que empezar una nueva, y una relación se forja en el tiempo, no se consigue en dos días.

Mateo había organizado el encuentro familiar con su peculiar estilo: una mesa donde no faltaba la comida bien cocinada, pero sin lujos ni caprichos, y montones de videos de sus viajes. Los montaba él, con música sincronizada y cantidad de zooms y panorámicas. Eran gratos de ver, pero como todo de lo que se abusa, un poco largos y repetitivos.

Nos juntamos alrededor de la mesa con la algarabía de siempre ―también éramos muy ruidosos, ¿no lo había dicho?― y casi todo eran bromas, porque habíamos aprendido a disimular con el humor cualquier cosa, feliz o desgraciada. Era una forma de darle a la vida un único matiz amable y así evitar reconocer lo que nos dolía.

También las conversaciones iban, como siempre, sobre los Martin-Montalvo: los M-M padres, los M-M hijos y el nieto de Mateo. Yo escuchaba. Me percaté de que, aun siendo centrífugos, había un afán enfermizo por hablar siempre de nosotros mismos. Tomé nota, porque seguro que yo pecaba de lo mismo. De momento, todo iba bien, callaba mucho y escuchaba más. Hasta que en la cocina, fregando los platos con Lucía, le dije que me alegraba mucho comprobar que mi relación con Mateo había mejorado. Ella, entonces, dejó caer algo que me enervó otra vez. Dijo que Mateo había comprendido que había temas que conmigo era mejor no tocar. Me sentí una tarada inestable. Esa fue la emoción. Hubiera querido preguntar si lo decía por él o por mí, pero no indagué. Al fin y al cabo, Lucía y Mateo iban a la par en estas cuestiones y de haber descubierto que era por mí, no habría podido disimular mi irritación. Así que me callé y me fui a casa con la duda.

En el camino de regreso, sola en el coche, mi cerebro no paró de sacar conclusiones. Había salido indemne del encuentro. Tan solo la frase de la cocina me había alterado un poco, pero ya la había empezado a racionalizar. Si Mateo creía que no se podían tocar ciertos temas conmigo por ser yo como era, pues era su problema. Si por el contrario era porque él no acepaba mi punto de vista, pues también era su problema. Además, visto lo visto, no podía estar más de acuerdo. De según qué temas, mejor no hablar. Archivado. Todavía en la autopista recordé una de las frases que me habían motivado para reconducir la situación entre ellos y yo: Querer a alguien sin tener que necesitarlo. No sé de dónde la saqué, de Internet, supongo. Era mi objetivo. Demasiado utópico, quizá, pero no estaba mal adaptarse un poco a esa idea. No quiero necesitar a nadie. Ser dependiente no me ha hecho feliz. ¿Los quiero?, me pregunté. Es evidente que sí. De otro modo no me importaría tanto lo que me dicen o me dejan de decir.

Hoy había hecho también un buen ejercicio de mi segundo dogma: Tomaré de ellos solo lo que quieren y pueden darme. En esta comida lo había hecho sin duda. Me quedaba una tercera frase, mi preferida.

 

En mi casa había tres sillas:

una para la soledad, dos para la amistad, tres para la sociedad.[1]

 

¿Estaban dispuestas las tres?, me pregunté. Sí, lo estaban. Porque estando conmigo estaba en buena compañía, porque contaba de nuevo con buenas amistades y porque la sociedad, estructurada o no en una familia, en mi casa era bienvenida.

 

 

 

 

 



[1] Henry Davis Thoreau. Escritor estadounidense.