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NO PUEDES PASAR SIN MÍ - 16/05/2020


      ―Me subestimas ―dice de pronto.
     Pongo cara de poker porque no entiendo esa revelación súbita. Le enrollo un poco el cordón y lo dejo en la cesta sin contemplaciones. Le miro recelosa y replico:
     ―¿A qué viene esa queja absurda? No sé por qué lo dices. ¡Si eres lo más imprescindible en mi vida! ―Aparto los bártulos a su alrededor para hacerle más sitio y añado rotunda―: Cuando me voy de viaje eres lo primero que pongo en la maleta…
     ―No me valoras lo suficiente  ―repite tozudo entre los cepillos.
    ―Bueno, mira, yo ahora me tengo que ir ―contesto irritada―. Ya hablaremos. ―Y con un gesto brusco dejo la cesta en la banqueta, bajo el lavabo.
     Mientras desayuno repaso los quehaceres de la jornada en la agenda del móvil. Hoy es un día complicado. Tengo peluquería, cita con el podólogo y dos clases virtuales por la tarde. Hago la cama, barro, friego los platos y dejo la cocina impecable. Vuelvo al lavabo a maquillarme un poco. De la cesta asoma el enchufe que se ha quedado fuera. Lo meto dentro. Cuando lo hago vuelvo a oír su voz lastimera que se queja porque lo lanzo a la cesta de cualquier manera. Saco la cesta y lo observo. Yace incómodo entre peines, cepillos, difusores y alguna pinza del pelo. Me doy cuenta de que se le ha desprendido la tapa curva del ventilador. Se la coloco y vuelve a soltarse.
     ―Estás viejo ―le digo más molesta que preocupada, pero no me contesta.
    Cuando intento recomponerlo de nuevo me invade una ternura inusitada. Me acuerdo de nuestros encuentros, a veces dos veces al día; de su espera fiel, siempre dispuesto a pesar del trote diario; de cómo me devuelve la autoestima cuando el espejo me critica… Entonces, él, ajeno a mis pensamientos, sube dos tonos su color rojo y encendido de furia se encara conmigo. 
     ―¿Viejo yo? ¡Yo no tengo edad! Soy un invento que se perfecciona con los años. Mientras que tú… me sabe mal decirlo pero vas perdiendo frescura ―dice acentuando la sonrisa de su boquilla―. Yo siempre voy a mejor. Me has comprado en muchos modelos. Que si uno profesional, que si ahora con tecnología iónica, que si más atrevido en diseño… Dependes tanto de mí que me tienes en varias versiones a la vez, por si te falla alguna. El otro día conté tres: la del lavabo, la de viaje y la de la bolsa de la piscina. Pero no te engañes, yo siempre soy el mismo. Soy tu brazo derecho, un alargo de ti misma, un fanático obstinado que te arregla las greñas con las que te levantas cada mañana. Y hago lo que puedo. No es culpa mía ni de ninguna de mis versiones que tu pelo no sea liso. Mejor te iría si lo aceptaras y abusaras menos de mis altas temperaturas con mi boquilla amorrada a tus mechones indómitos. ¿Y para qué tanto esfuerzo? Para que después de dejarte el peinado perfecto me arrojes a esta cesta en la que me cubro de polvo porque ni siquiera me tienes en un cajón como es debido. Me subestimas, y mucho, porque no puedes pasar sin mí. ¡Ea, ya lo he dicho! 
      Sin darme cuenta he recogido su larga cola en bellos círculos concéntricos y estoy sacando brillo a su barriguita con la toalla.

¿PREPOTENTE YO? - 25/03/2020



(Parodia)

          Cuando se despierta se inclina hacia ella que yace perfecta a su lado. Su beso de buenos días vuelve a sentirse extraviado sobre unos labios siempre más gruesos que ayer pero menos que mañana. Ella ni se inmuta. Demasiado botox. Se levanta y camina como un cowboy que ha perdido el caballo hasta llegar al inodoro para hacer su primer pipí del día. Mientras admira su larga erección, su cerebro ya ha saltado al automático de su vida monográfica. Se da media vuelta y se contempla en el espejo. Admira su tableta, se cuenta las pastillas. Las mismas que ayer, se dice contento. ¡Suuuuuuu!, ruge con tórax de gorila. Pasa los dedos por el cuero cabelludo, pelado ayer un milímetro más en los costados. Decide que dejará crecer aún más el pelo de la coronilla porque quiere un moñito como el de Bale, para que vea que a él le sienta mejor. Solo por eso. Le jode, Bale. Prueba a hacérselo con su breve penacho y baja a consultarle al servicio si le favorece. El servicio ve una escobilla pero dice que sí, que mucho más guapo, y se va satisfecho a desayunar. Junto al plato, infinidad de notas de su mamá que le dice a diario que le adora en todas las versiones posibles. Deja las notas y pone el vídeo de la entrevista de ayer que le catapultó a los telediarios y a las redes. Genial declaración, la suya. “¿Prepotente yo? Yo no soy potente”, asegura sin advertir que su castellano le gasta bromas pesadas. Y añade muy convencido mientras la nuez le sube y le baja casi horadándole el cuello: “No lo necesito”. Y cubierto de gloria, arremete con su desayuno de rey.

SENTIDO Y SENSIBILIDAD - 10/03/2020






     Cuando desacelera para tomar el desvío hacia la granja, la ve entre unos arbustos y para el coche. ¡Qué bonita luce bajo este cielo de nubes de algodón! Baja. La observa. De cerca todavía le gusta más. Es sorprendentemente luminosa. ¿Cómo lo hará para teñirse de ese amarillo tan intenso? Se agacha y busca en la intimidad del matorral hasta encontrar la base del tallo que se trunca bajo la presión de sus dedos. Se incorpora. La gira sobre su eje y se le ilumina la cara. ¡Tan pequeña y tan ostensible! Tiene una finísima línea gris marengo al final de cada uno de sus pétalos, como si el Creador se hubiese olvidado de borrar los rastros de la delineación. ¡Qué delicadeza! La prende en su jersey burdo como si fuera un boutonnière nupcial y sube al coche. La flor resalta y desentona entre la carga y la suciedad del vehículo.

     Al entrar en la granja todo está en marcha. Todos van de un lado a otro, agitados, impacientes. Regocijo. Excitación. Se arremolinan en torno a la víctima, esperan impacientes a que se clave el cuchillo en la garganta. Los gritos del animal arañan el aire. La sangre brota descontrolada y lo contamina todo: las manos, el cuchillo, el suelo… Él coge el palo, se inclina y remueve la sangre del cubo para evitar que cuaje. Algo cae dentro. Lo saca con los dedos y sacude la mano. Un reguero de sangre ha dibujado el camino hasta algo rojo y viscoso. Se palpa el jersey y sigue removiendo en el cubo. A cada flor también le llega su San Martín.

NO SIN BANDERA - 28/01/2020


    

Enrique y Lidia estaban de acuerdo en no salir de casa hasta que oyeran marcharse a los del cuarto. No convenía encontrárselos en la escalera y que los vieran ataviados con los atributos indepes. Se pusieron las camisetas y las gorras, se pintaron las cuatro barras en las mejillas y esperaron tras la puerta con una reserva impropia de dos espíritus reivindicativos. 


El portazo no se hizo esperar. A las cinco en punto, los Cabanillas de la Una Grande y Libre, acudían prestos a su cita mística de los domingos por la tarde. Oyeron los pasos de Guzmán bajando por la escalera seguidos del taconeo nervioso de Cecilia. Cuando resonaron con un eco vigoroso en el zaguán, esperaron todavía a oír la puerta de la calle que dejó entrar unos instantes el fragor del tráfico de la calle Mallorca y engulló toda señal de los Cabanillas. 


―¡Ahora!, ―dijo Enrique. Y se pusieron en marcha.


Caminaban a buen paso porque entre pitos y flautas la mani ya llevaba media hora en danza. Al pasar por delante de un bazar chino vieron que hacía su agosto con la venta de banderas de todo tipo. Lidia se paró en seco. 


―¡Quiero una, Enrique! 

―No, ya es muy tarde, en otra…

Pero Lidia ya había entrado y hacía aspavientos ante un chino sonriente que contestaba a todo con “sinco eulo”. Cuando Lidia salió con una considerable bandera plegada bajo el brazo, reanudaron la marcha sin perder tiempo.


Todavía lejos del Paseo de Gracia la multitud impedía seguir avanzando. Se detuvieron y allí mismo se unieron a los gritos y cánticos. Enrique sacó las coca-colas de su mochila y Lidia desplegó ufana su bandera. Enrique fue el primero en ahogar un grito. Sobre sus cabezas ondeaba la rojigualda en la que señoreaba un águila negra…


LOS "PONGOS" SALEN DEL ARMARIO - 30/06/2019




Clara y Miguel no eran especialmente vanguardistas, ni demasiado modernos, ni tampoco "pasotas", pero aquellas dos lámparas abigarradas y estridentes que recibieron de los Trillo no eran aceptables para una pareja que empieza con ilusión.

Su primer piso requería del sello innovador de unos recién casados, donde la audacia dejara sentado que eran una pareja con personalidad propia. ¿Decoración? Solo si es útil, atrevida e insólita, decía Miguel continuamente y se negó a ir a IKEA. Y pasearon por Vinçon, Habitat, Pilma y por alguna que otra tienda de bricolaje hasta dejar sentadas las bases de un interiorismo peculiar y sobre todo minimalista.

Si Miguel era el que sentaba las bases, Clara era la que ponía los acentos. Un jarrón con el ramo desmayado sobre la cómoda, solo, sin el atrevimiento de nada más. Unos cojines echados sobre un rincón del parqué, arbitrariamente, para dar sensación de olvido; dos copas solitarias en un espacio vasto y despejado… Se entretenía poniendo y quitando, se alejaba para ver el efecto y se eternizaba en los detalles: que la inclinación y distancia fueran las adecuadas, que la luz acentuara las formas… y al final siempre comprobaba el Feng Shui por aquello de la energía y la armonía.

Mientras abrían las cajas, el sol de la tarde doraba a intervalos los rincones del salón. Cooper se había echado sobre el parqué y dormitaba. De vez en cuando, un temblor apenas perceptible de la cola delataba que estaba en vela.

De pronto, un grito.

―¡¿Qué es esto?!

Clara se volvió. Miguel miraba casi con pavor lo que tenía en las manos.

―Son las lámparas de los Trillo ―dijo ella con pesar―. ¡Qué horror, ya las había olvidado!

Miguel dejó una de las dos lámparas gemelas sobre la mesa. Una pantalla de nácar se ensanchaba exageradamente en su base y ondeaba, como el vuelo de unas faldas levantadas por el frenesí del baile. Pero no contento con eso, el creador había incrustado enormes flores de vidrio multicolor por las que la luz arrojaba tonos estridentes sin orden ni concierto. El pie de madera, trabajado en mil florituras, era lo de menos.

―Esto, yo no… ―masculló él con desgana― ...no veo dónde…
―No, eso no se pone en ninguna parte ―decretó ella que imaginó el carrusel de luces invadiendo el espacio inmaculado―. ¡Cooper! ¡Ven aquí, Cooper!

El Golden Retriever se levantó perezoso y se estiró cuan largo era. Clara acercó la lámpara al animal.

―¿Qué haces?.. ―dijo él alarmado―. ¡No puedes hacer eso, los Trillo son íntimos de mis padres!

―Solo quiero que la huela.

Pero Clara se había vuelto perversa. No se había pasado la tarde seleccionando objetos con precisión nanotecnológica para que aquellos adefesios infectaran su derroche de estilo. Puso la lámpara junto a la cola y acarició al animal. El primer coletazo la hizo tambalear y el segundo fue de lo más efectivo. La lámpara, con demasiado peso en la pantalla, mucho cuello y poco pie, cayó dejando sus faldas hechas trizas sobre el parqué. Sin resuello, repitió el ejercicio con la otra. ¿Ves qué fácil? Los cristales reverberaban bajo el sol de la tarde mientras Miguel, paralizado, descubría a una Clara distinta que la del altar.

Unos días más tarde, cuando Miguel ya la había perdonado por considerar que en el fondo le había hecho un favor, degustaban el primer café de su cafetera nueva mientras admiraban el hábitat despejado y parco en detalles que habían creado. ¿Qué hiciste con las lámparas?, preguntó ella. Las guardé en la caja de las cosas que no pondremos nunca. ¿Con cristales y todo? Sí, por si acaso hubiera que recomponerlas. Ella esbozó una risita incrédula. De pronto, el timbre de abajo sonó haciendo el eco que hacen las cosas en una casa vacía. Clara fue hasta el telefonillo del portero automático y volvió con la cara de quien ha sido atrapada con las manos en la masa. ¿Quién?, preguntó él. ¡Los Trillo! Caras de circunstancias, pesadez de estómago, desconcierto. Clara fue la primera en reaccionar. Déjame a mí, dijo con la mirada iluminada, y se fue directa a la habitación seguida de Cooper.

Eduardo y Conchita Trillo entraron con las expectativas de quién espera ver las cucadas de un nidito de amor recién puesto, pero pronto cambiaron el semblante al ver la estancia. Aquel piso, de tan vacío, parecía recién robado. ¡Pobres, no tienen recursos!, pensaron por separado, y se deshicieron en elogios formales para salir del paso. En su visita guiada se adivinaban impacientes por ver sus lámparas de pie de ébano de Asia y cristal enlodado. ¡Al menos el dormitorio no estaría tan vacío y desangelado!, cavilaron al unísono sin poder estar más de acuerdo. Pero al abrir la puerta de la habitación se quedaron con la boca abierta. Cooper jugaba con un hueso de goma y pegaba brincos entre todos los objetos que había esparcidos por el suelo. Entre ellos rodaban los pies de ébano de Asia y las flores enlodadas hechas pedazos. ¡Cooper!.., gritaron sus amos. Y Clara, dirigiéndose a los Trillo, añadió : ¿Lo ven? ¡Pues así todo el día!